El paisanaje
Que vienen los chinos
QUIENES hemos pasado ya la raya de los cincuenta , y la fecha exacta no le importa a nadie, estamos en franca minoría a la hora de emitir opiniones políticamente correctas. Es más, teniendo en cuenta el caso que nos hace el Gobierno se diría que somos menos y con menos votos que los homosexuales, los «niños de la guerra del 36», la gitanería ambulante del mercadillo del Tío Caquichu, las maltratadas «de género» y las «bien pagás », los inmigrantes rubios de los países del Este, los negros subsaharianos y los marroquíes y colombianos café con leche, etcétera. Para todos ellos el Gobierno se dispone a dictar medidas de protección social de muchos miles de millones de euros por tratarse de colectivos indigentes, indefensos, un tanto zurrados por la vida y, a menudo, hasta perseguidos en su pueblo de origen. Y este tipo de medidas está muy bien, eso que quede claro de entrada. Pero para perseguidos nosotros, los cincuentañeros. Nacimos ya con Franco, lo que no tenía remedio, y al poco tiempo nuestras madres nos amenazaban con un «que viene el coco», si queríamos hacer huelga de hambre. Cuando cambiamos los pantalones cortos por los largos y dejamos de ir a misa nos advietieron seriamente: «que viene el cura». Al llegar a la mili el sargento nos dio un cetme por todo armamento para defendernos balísticamente de los misiles atómicos del Pacto de Varsovia: «que vienen los rusos». Y, ya licenciados, hasta nuestras novias nos paraban en seco: «que viene el sida». Al final sólo vino la democracia y las autonomías. Pasada en la treintena el sarampión de ETA y a los cuarenta años el Plan Ibarretxe, a los cincuenta y pico seguimos perseguidos por Bin Laden, precisamente nosotros, que hicimos más guardias en Ceuta y Melilla que el palo de la bandera. A lo peor no somos ya ni siquiera una minoría, sino un retén, o sea, cuatro y el cabo. Subvenciones y facilidades como a los inmigrantes moros no nos dan, ni tampoco nos dejan casarnos entre nosotros en plan gay para cobrar dos pensiones cuando lleguemos a la prejubilación, y lo único que nos promete el Gobierno es protegernos en la madurez contra el moro parlamentando con el enemigo en el famoso «diálogo de civilizaciones» de Zapatero. Le aviso a usted, mi sargento, que cuide el jamón. Es curioso cómo cambia con la edad la perspectiva de la vida. Antaño eras un tipo normal, más bien currante, según tu suegra, contribuyente y demás, y el Estado se preocupaba por tí. La pruebra eran los descuentos en nómina y la declaración de la renta. Hoy, en cambio, el Gobierno sólo tiene consideración con los forasteros o con los otros «colectivos», entendiendo seguramente por tales que, a la hora de votar, son ya muchos más que los nuestros. Comentando el otro día estas y otras cuestiones en las bodas de oro de los quintos del 53 y recontando nostalgicamente las bajas, uno de los nuestros saltó de la silla en posición de «firmes» como si, en vez del camarero, hubiera entrado el teniente. Temiendo todos que quisiera reengancharse a su edad, como la cabra de la legión o Federico Trillo, se le preguntó qué le desesperaba tanto como para coger otra vez el mauser, por otro nombre chopo . Ya repuesto con una tila se limitó a contestar: la gasolina. Y, efectivamente, analizando la cuestión en el estado mayor del 53, que sólo sirve para explicar por qué perdimos la última guerra, como es tradición en todos los estados mayores, llegamos a la siguiente conclusión: ni Franco, ni el coco, ni los rusos, ni los americanos, ni Bin Laden, ni moros, ni cristianos, ni leches: «que vienen los chinos». La quinta de un servidor sigue rodeada al cabo de la tira de años. Efectivamente, hasta Rodrigo Rato y su sucesor Solbes se han puesto de acuerdo en que esta vez la cosa va en serio y que el litro de gasolina amenaza con cotizarse por encima del rioja, el albariño y el ribera del duero. El del barril ni se sabe. Al parecer la culpa es de 1.500 millones de chinos que con lo del progreso se están pasando de la bicicleta al carnet de conducir -justo lo contrario de lo que quiere hacer aquí la ministra Narbona- con lo cual el equilibrio del mundo en cuanto a oferta y demanda de petróleo está crudo. Anda el PSOE vendiendo a destajo programas de protección a las minorías más extrañas en previsión de violencias y terrorismos, mientras se dispara la gasofa para todos los demás, detrás de la cual viene el paro, la crisis, etcétera, y el PP hurgando en la dolorosa herida del 11-M por si eran moros o etarras, islamistas radicales o cristianos de Don Pelayo, el de Asturias, o galgos o podencos. Pero, para atraco, el de la gasolina. Ya está aquí el «peligro amarillo», mi sargento..