Diario de León

LA GAVETA

La tía Mary y el historiador

Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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EN EL PASILLO de la casa de mi tía Mary y de mi tío Segundo, pasillo largo con un ángulo oscuro, había una talla muy grande de una virgen, ya no sé de cual, aunque supongo ahora que bien podría ser la virgen del Pilar. Y lo imagino porque mi tía Mary era de la Rioja, y sabido es que los riojanos tiran mucho para Aragón, y aun más cierto que todo esto es que aquella virgen me daba miedo. Estoy hablando de Ponferrada cuando yo era niño, y de una calle cuyo nombre nuevo ignoro, y que antes era absurdo, no sé si calle 206 o algo parecido; y la casa hacía semiesquina con la avenida de Valdés, allí donde esa calle da la curva. Mi tía Mary era una mujer recta y religiosa que tenía dos hijas muy estudiosas y viajeras -mis primas- y dos hermanos sacerdotes siempre ensotanados, y yo creo que algo de aquel rigor y de aquella fe influyó en mí para que un buen día raro decidiera irme al seminario siendo como era niño urbano y de clase media, es decir, un candidato atípico para seguir el camino de la clerecía, que por lo común fue tendencia más habitual entre los muchachos del campo y los senderos. Los hermanos de mi tía Mary se llamaban don Tomás y don José Miguel Marín. Don José Miguel era párroco en Haro, un cura diocesano, pero don Tomás era catedrático de paleografía y numismática en la Universidad Complutense de Madrid, y además hombre de ideas muy reaccionarias, seguidor de Fuerza Nueva y no sé si ocasional confesor de sus líderes más famosos y ultramontanos. Este don Tomás vino a Ponferrada un día de 1974 a ver a su hermana, y por aquel tiempo yo tenía veintiún años y era un animoso militante del Instituto de Estudios Bercianos, que entre unos cuantos tratábamos de recuperar, y yo a sus órdenes: Amalio Fernández, el muy querido Andrés Viloria, Balbino Álvarez de Toledo y otras gentes admirables del Bierzo. Recuerdo que era un día de julio, muy caluroso, y yo me presenté ante don Tomás como comisionado del Instituto por ver si algo se podía sacar de su cargo, alguna subvención, no en vano el hermano de mi tía política era uno de los jefes del CSIC. Sucedió sin embargo que en cuanto me vio don Tomás entrar por la puerta -yo, tímido y mirando la virgen del Pilar al fondo, para disimular- el clérigo se horrorizó al ver mi melena desatada y mi barba de progre provincial, y ya la reunión fue naufragando, pues aquel aspecto demolía toda posibilidad de compromiso, incluso de cualquier promesa vaga, y pronto me despedí. Todo había quedado muy frío y ya no volví a ver nunca más a don Tomás, que era un sabio máximo de la historia de la iglesia española, y que casó a mis primas por el rito toledano, cosa que impresionó mucho a los convidados. Mi tía Mary era jefa de Acción Católica, le gustaban mucho la religión y la liturgia, y tenía un carácter irónico y piadoso, lleno de sutilezas, que contrastaba con el de mi tío Segundo, que era un hombre montañés y modesto, niñero y cálido que nos contaba muchos cuentos de lobos y de osos, de nevadas y santas compañas a mi hermano Carlos y a mí cuando pasábamos algunos días en aquella casa de la calle 206 o 208 con motivo de partos de mi madre, o de intervenciones quirúrgicas en Madrid o en Santiago. Hace unos años que murieron mis tíos y con ellos murió el tiempo de aquel hogar de fervor y de ortodoxia, de juguetes y de un gran piano, también de un cariño extraño, de dos tonos. Yo recuerdo un patio cuando un patio era la felicidad de un niño, y también recuerdo la trasera de un edificio cercano, donde vivían muchos parientes que a veces se asomaban por las ventanas y a los que mi hermano y yo saludábamos, contentos y eternales en una Ponferrada de obreros en bicicleta al amanecer y de locos felices que gritaban por las noches.

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