EL AULLIDO
Huellas sobre la nieve
EL INVIERNO ES LA CERTERA METÁFORA de todas las historias tristes. Por eso ha coincidido este mes frío como una canción de amor no mutuo, con la inauguración, en la Galería de Arte Lancia, de la última exposición de Ramón Villa: «Huellas sobre la nieve».Templados lienzos, secuencias, dípticos todos recubiertos con una veladura de tristeza conformando así un paisaje, un estado del alma, un homenaje... Les invito a entrar en esta Galería con los ojos cerrados porqué allí, como dice José María Merino en «El Heredero», hay un frío ancestral que se siente todavía. Sí, conocemos pintores cuya obra nos desata o nos enciende pero, en esta ocasión, lo que emociona y conmociona es el mensaje de esta obra plástica ingrávida, blanca; de este momento intimista del autor. Toda la exposición está sagradamente dedicada a un niño, que, una vez, se enamoró de cierta obra de nuestro autor. Aún podemos ver en estos cuadros algo de aquel niño que apartaba dinero de su paga iniciática para comprarse dicho cuadro, sí, y sobretodo aún podemos vislumbrar la nevada emoción del pintor al recibir la noticia de que aquel niño, aquel proyecto, aquel humano punto de partida se había suicidado . ¡OH! El arte abstracto, ahora que está de moda la superficialidad y la estupidez, nos enseña que nada es lo que parece, y que existe un más allá. Todo un viaje al más allá se toma esta exposición mediante la cual Ramón Villa parece tratar de encontrarse con su admirador perdido, con la infancia perdida, con un niño. Por eso algunos cuadros están divididos en secuencias como haciendo repaso del camino de la vida y centrándose en el inicio, en la nieve, en lo blanco que tiene plásticamente mucho que ver con lo puro. Pocas veces una exposición de Ramón Villa nos demuestra de forma tan palpable que cada color es una emoción. De hecho el tono base de todos los cuadros, esa tenue paleta, comunica tanta tristeza primigenia que, incluso, sobrecoge y así nos enseña que la pintura es también una puerta abierta a la afectividad. Mirar un cuadro, descifrarlo, también equivale en este caso a meterse dentro de él y, allí, ir siguiendo las huellas que un niño sensible ha dejado en la nieve. Y encontrarse con él. Mirar un cuadro como quien va de viaje hacia la trascendencia para aprender súbitamente que la vida es frágil pero el arte eterno. Que la tristeza, como el frío, invita al intimismo. Cuando un pintor nos regala la sagrada verdad de una historia como ésta; cuando en sus cuadros nos invita a buscar una espina que lleva dentro es porque, en el fondo, nos necesita. Necesita que ante alguno de sus cuadros nos paremos, como ciegos, como niños, y nos enamoremos ingenua y perdidamente porque entonces sabrá que todo tenía sentido, que el frío era necesario, que la vida sigue su cauce y la tristeza su curso.... En esta dictadura de lo útil, de lo último, de lo conveniente nos hacen falta las exposiciones con mensaje porque nos devuelven la fe en el alma. Toda una sacudida para cualquier alma sensible supone esta exposición, la más altovoltaica, humana y emotiva de cuantas ha realizado y, acaso, realizará Ramón Villa. Y, si no me creen, vean