LA GAVETA
Americanos y nuestros
A VECES VIENEN A LEÓN, la tierra de donde partieron, gentes de mucho mérito que hicieron patrimonios prodigiosos en América. Paisanos que triunfaron en ciudades enormes, rodeadas de desiertos o pampas, de ladrones y alacranes; y estas gentes valiosas que levantaron de la nada grandes emporios comerciales, inmobiliarias o fábricas de bebidas espumosas, estas gentes, digo, vuelven y lloran y es bonito verles llorar, tantos años después de haberse ido. Luego, cumplidas las emociones y los abrazos, los paseos melancólicos por la aldea, y las limosnas generosas al santo y al primo pobre que siempre queda, estas personas buenas saludan a los políticos, que por lo general los rondan, y comen por ahí con ellos, y beben y vuelven a llorar, los peces en el río también parece que se alegraran de verlos, y todo esto sale luego en los periódicos, y un orgullo raro invade a los leoneses otros, la satisfacción de que esta provincia santa sigue dando a luz personas de industria y nobleza, porque es bien compatible ser ricos y justos, ser pudientes y honestos. Pero yo quería hablar hoy de otros leoneses. Tan buenos como aquellos pocos que triunfaron tanto. Quería hablar de algunos leoneses que no triunfaron nada. Que lo merecían, pero que no tuvieron suerte. Que pelearon con ahínco sin alcanzar nunca el premio que tanto les entusiasmó. Como Baldomero Benítez Aguiar, hijo del valle del Selmo, que llegó a Buenos Aires en 1927 y que después de trabajar durante veinte años en diversos cafés, murió enfermo de tifus en una fonda del barrio del Once, solo y soltero, tímido que nunca fue capaz de salir de su timidez. O como Teodosio López Abelgas, de la parte del río Luna, que fue ferroviario en Chile, allá por los tiempos en que el padre de Neruda también lo era. Y aún continuaba Teodosio en los trenes cuando el propio Neruda se hizo famoso, y hasta una vez lo conoció, al poeta, en Valparaíso, en 1941. Pero lo que vale recordar ahora es su sueldo magro y su conformidad bíblica cuando perdió a su hijo Ramón en un tiroteo absurdo en el puerto, y también evocar el ejemplo de honradez y discreción que dejó en su otro hijo Marcos, hoy jubilado de los trenes chilenos, un hombre que jamás estuvo en León, no tuvo dinero para viaje tan largo «y ahora ya no es tiempo», según me cuenta por el teléfono. Defender la memoria de los hermanos Odón y Adelaido Vidriales, de la ribera de la Valdería, que tuvieron en México dinero y mujeres, amistad de obispos y gerifaltes, influencias y joyas, novenas y piedras preciosas, y que lo perdieron todo cuando fueron acusados falsamente de urdir un crimen en Cuernavaca donde murió la hija del gobernador. Defender siempre la dignidad de los hermanos Vidriales, que fueron inocentes y condenados; que supieron de la devastación de sus riquezas y la persecución de sus esposas e hijos, y que murieron en la cárcel, el uno borracho y violado, el otro aún más triste que loco. Evocar a Roberta Palanquinos, de Cea, que fue la primera mujer solitaria y emigrante que salió de La Coruña rumbo a Montevideo. Resumir ahora, con respeto y pena, su vida de pobre siempre, los abusos que la sitiaron, las ignominiosas tareas que tuvo que aceptar para comer de caliente. Imaginarla en su final doloroso, tan flaca y derrumbada por la vida y los hombres, madre de tantos amores, esclava de algunos, víctima de todos, mujer débil de la Biblia que murió hace diez días en la casa de otro leonés algo menos pobre, aunque muy poco, un tal Gervasio Sandes García, tenedor de libros en paro y viejo amante suyo, un hombre bondadoso y cumplidor que siempre vivió entre quimeras. Todos ellos son nuestros hermanos, y yo los canto ahora; y creo que me estoy emocionando.