Diario de León
Pedro García Trapiello

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SUENAN tararís de agruparse en la política española. Se alborota el charco. Se detectan movimientos de tropa y tropelía. Hay que apoyar a los nuestros porque los otros nos quieren apollar. Nunca dejaron de sonar las andanadas de alerta en los cuarteles de invierno, pero es que ahora se escuchan ya tiros de tinta emponzoñada con curare en todo un «abecedario» de editoriales «razonables» y «mundiales» o misiles reventones con cabeza de agua bendita y metralla de hisopo. A toda esta bronca de pitos, vocerío y excomuniones lo ha llamado «periodismo de trinchera» Manuel Marín con cierta indignación en su severidad hidalga, que la tiene, pues le tengo por el presidente de Cortes con más «auctoritas» y estampa de los conocidos a la fecha. Periodismo de trinchera. Gran definición. Tuve en mis manos a los trece años un libro con ese mismo título. Me tentó su portada, siendo como era yo entonces un vicioso lector de Hazañas Bélicas, aquel entretenido cómic de guerra en el que los americanos eran siempre la repera, los nipones siniestros demonios y los alemanes ogros nefandos. Ese libro, «Periodismo de trinchera», lo había publicado un profesor de mi colegio que era también periodista y, además, fraile, cosa rara entonces, pues todo lo más extraordinario de un fraile era que hubiese sido antes cocinero. Recuerdo vagamente lo leído y el por qué eligió este título Jaime Lebrato, que ha vuelto de Roma después de una tira de años y recala de nuevo en La Virgen del Camino, donde nos desasnaba a los doctrinos. He de preguntárselo y buscar un ejemplar de aquella edición. Pero, pensándolo bien, aquel título que tanto me fascinaba, se me antoja hoy contradicción pura, un imposible ético en toda regla. Desde una trinchera jamás se hace periodismo, sino propaganda. La primera víctima de una guerra -y si aquí se ven trincheras es que la hay- es siempre la verdad (y a las verdades que sobrevivan a medias las ponen correaje y las mandan desfilar). El periodismo auténtico sólo sirve a la verdad y sólo se compromete con los hechos y con la dignidad del hombre. Lo demás es octavilla y orden de cuartel; dejémonos de cuentos. Jamás entendí el periodismo militante de partido, salvo que se vea cierta vergüenza y renuncie al carnet o al oficio. Nunca ha de creerse lo que vocean las trincheras. Todo «alinearse, ar» es odioso.

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