Diario de León
Pedro García Trapiello

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CARTA MAGNA no es buen nombre para llamar a la Constitución y se abusa de la expresión hasta vaciarla del poco contenido que pueda sugerir. Es retórica pura. Carta es algo que ya sólo mandan los bancos para acabar en la papelera (pepelera, dice alguno) y lo de magna suena a hotel de cinco estrellas o a coñac de cuota femenina. En esta cultura de nortes y burles, cultura activa de humarro, cafelito, tasca y garrafina, la única carta realmente respetada es ese as de oros que en el tute hace estragos (y en la vida, ni te cuento). Una constitución no es una carta, sino un mapa, una representación cartografiada en letra de los derechos de las gentes. Y el derecho, abundando en su significado, nunca es la letra de un código; sólo existe cuando se ejerce o te dejan ejercerlo. Si la Consitución se queda en carta, su destino es guardarla o esconderla en cajón o estantería, que es donde se mandan los libros a morir. Es expresión más adecuada llamar al texto constitucional «ley de leyes», aunque suena a película de Cecil B. de Mile. Y aquellos aspectos fundamentales que consagra este texto deberían estamparse en calles, piedras y cartelones para que la quebradiza memoria no los ignore o conculque. Ese texto esgrafiado en muro o jardín me parece más oportuno que la catarata de esculturas que nos inunda. Y es que aquí carta se nos queda siempre en baraja, en arrastro o envido. Es esa carta que sólo sirve para pegarse con el otro, cosa que también acaba ocurriendo con esta Constitución cuando se sientan con ella a jugar una partida un nacionalista picudo, un centralista obtuso, un conservador algo isósceles y un tonto a las tres que estrena cargo o pacto. Después sucede lo de aquel chiste: «Padre, me acuso de perder mucho tiempo jugando a las cartas»; y el cura, ducho y escarmentado en grescas de prisas y órdagos, le respondió: «!No, hijo, no, si ya lo digo yo: no había ni que barajar». Al final, los presbíteros de esta Constitución ya ni barajan, con lo que los triunfos les tocan siempre a los mismos y a los demás las cartas podres, la purrela, los derechos de calderilla... paciencia y a seguir no barajando. Por cierto, ¿has leído alguna vez entera la Constitución?... Recuerda, entonces: «A quien nada sabe, cualquiera le engaña; y a quien nada tiene, cualquiera le compra».

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