Diario de León
Pedro García Trapiello

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ESOS CUERPOS son devueltos por el mar; en el agua se inflan como fudres, flotan y las mareas o el viento les abandonan orillados en playas y rocas. Nos hartamos de verlo. Más de uno vomitó ante un telediario. Fue demasiada esa burla del mar, esa furia del Averno. De allí hondo salió el rugido del demonio, desde el suelo de roca que está bajo el fondo del océano a diez mil metros de profundidad frente a las costas de Indonesia. Sabe un brujo de aquellos indígenas que todo esto ha sido obra del diablo porque sólo Satanás no devora su propio crimen y lo devuelve deforme y grotescamente hinchado en posturas indignas y desnudeces vergonzantes. Son los apocalípticos avisos del diablo. Toda tradición y memoria antepasada repiten lo mismo: el demonio es el fuego. Lo saben porque lo escupe la tierra ante sus narices en toda aquella inmensidad asiática. Hablan luciferes por boca de volcán y a la fuerza creen allí en dioses que les libren del capricho desolador. Esas placas terrestes que crujieron provocando la estampida de la ola gigante flotan sobre otro océano total de magma, lava que nos hierve a pocos kilómetros bajo los pies; no se olvide. Vivimos sobre una gran bola de fuego taponado que muestra una incorregible propensión a tirar pedos pompeyanos o cuetes reventones cuando le apetece, sin previo aviso, aquí o allá, menos o mucho, te tocó o te salvaste, la suerte hizo su trabajo y el destino fatal todo lo demás, llevaba guadaña... y qué guadaña, qué filo en la ola, palillos eran las palmeras y papel las casas. Y más brutal que la llegada de la ola fue su retirada, la contraola resacada volviendo a moler lo que arrastró. Se llevó robado aguas adentro todo lo que pudo. Pero el mar siempre devuelve lo que devora, dicen, y es mentira; sólo lo que flota. Y lo que no flota, ¿qué?... Vehículos, chapas, depósitos de combustibles, química en botes, pilas, cámaras, potingues, guarradas pesadas, metales contaminantes y todo lo que se hunde duerme ahora en el fondo de esa costa. Los submarinistas pasarán años sacando sorpresas de ahí, quizá una cajita fuerte con las joyas de una turista gorda, los diamantes que buscaba desesperado aquel joyero, un maletín con dinero de pecados negros, la prueba de un crimen de estado... ¿Qué no habrá en esos fondos? ¿Harán reclamo turístico con ese botín del mar?...

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