Diario de León
Pedro García Trapiello

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RECUERDA que las gentes de viejo saber escocido y de conseja a mano crujen dientes con esa maldición escrita en el refranero como augurio de profeta menor y cabreado: «Pascuas marciales, año de males». Es la versión dulce del refrán, porque cuando cae Resurrección y su pascua en marzo, mi madre no anda por ramas y espeta la advertencia con su original filo de hacha: «Pascuas marciales, pestes y calamidades». Suena a plaga egipcia el aviso. Pascuas marciales. Este es ese año, Semana Santa marceña, marcial, de Marte dios con guerra bajo el brazo y con gorra de chapa en la mollera. En tan sólo las dos primeras semanas del año ya se confirmó la amenaza: resacas de tusnami desolador y desconocido, un norte europeo inundado y catastrófico, montes de California que se vienen ladera abajo, Venecia sin agua en sus canales, zambombazos iraquíes con treinta muertos al día, el sida a caballo como quinto jinete del Apocalipsis, hambres sudanesas con demonio en las tripas... Los años bordes vienen con estos prólogos. A los augurios confirmados se añaden previsiones inquietantes: sequías de prolongación en la España de la sed, el alacrán y el azadonazo, nevadonas que se presentarán dentro de una semana para repetir bloqueos y ausencias de alcaldes con sal bajo el culo, tsunamis mentales con epicentro vasco y con su réplica impertinente en las costas de Carod Rovireche, temblores asesinos en la falla de San Andrés, convulsiones africanas y, por si la naturaleza se queda corta, Bush el Magno, atacado de ganas de invasión, sacará a su ejército de Irak para meterlo en Irán, que está al lado y le pilla de camino; la moraima jomeinista le atraganta. Contra maldiciones no hay vacuna. Puedes creer en ellas o no. De poco vale lo uno y lo otro. A quien no creía en los tsunamis también se lo llevó un Lucifer de agua encabronada e infectada de palmeras astilladas como lanzas. Pascuas marciales. Aprieta esfínteres y siéntate con libreta a fechar desastres. Sobrarán tragedias para las portadas de telediarios. Sirva como anticipo a lo que venga y como adiestramiento muscular los atravesamientos y desgracias que trajo ese bisiesto que acaba de morir. Pestes y calamidades. Pero no te pases el día mirando al cielo esperando que caiga de allí la torta. Esa te la da siempre el que tienes al lado.

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