CORNADA DE LOBO
Nos entiende
HA SUBIDO un tanto al marcador de la dinastía alahuí... alahuí, alabá, a la bimbombá, Morocco, Maroco y nadie más. Mojamé, rey de allí, habló en cuasiperfecto castellano asombrando a una tropa cristiana presente y ausente que para replicar la cortesía no sabe palote de árabe ni lo tendría por buen gusto. Mojamé vocalizaba tan correctamente, que se nota de lejos que tiene un profesor catalán de castellano o que ve por las noches en palacio y vía satélite el programa de la Otero, que también es algo redicha en consonantes. Caramba con el príncipe que tenía cara de hogaza. La condición de rey no se la ha quitado, pero es hogaza que habla fino en lengua infiel y marrana, aunque lo suyo propio es el francés (entendido como idioma). Ese rey tiene cara de cabreado perpetuo, como de morcillón estreñido, y se le compran muy caras las sonrisas o la espontáneidad. Se embute en trajes que le ciñen como pelleja de salchichón y con su fez colorada parace uno de la guardia mora de Franco, la que se montó en el pago y en caballo por haber ayudado al generalísimo más general de todos los generales a ganar su guerra, maldita guerra aquella con mercenarios de todo color y país, unos por la soldada y otros por el sueño brigadista que les llevó a abonar con sus despojos las vegas del Jarama, como habría dicho Miguel Hernández. El Guti sostiene que Mojamé es un rey feudalista que esparce su omnipotencia por todo aquel reino de una forma insultante e inaceptable en país moderno. Se le tributa culto religioso, ostentoso y gagá. Guti lleva mucho de periodista, está escocido por escaldado y si dice esas cosas del alahuí es la que las sabe; o le tiene ganas. Guti ha publicado un libro donde insiste en esa palpitante herida que jamás se cerró desde que Tarik organizó a comienzos del siglo VIII la primera cruzada de pateras por el Estrecho, una avalancha de pateras fueraborda cargaditas de comandos y haschissin de cuchillo en boca y cimitarras como aspas. Y se plantaron en Gijón en un pispás, después vino Pelayo y el lío que se montó nos tuvo en danza ocho siglos. La memoria histórica quedó escocida con tanta guerra. Y finalmente, llegó el olvido y el ignorarse. Que Mojamé hable español es más que un detalle. Él nos puede entender. Nosotros no. Ya nos vale.