CRÉMER CONTRA CRÉMER
El gran problema
EL GRANDE, el enormísimo problema de nuestro tiempo no es, como parece querer imponerse, ni violencia de género (que por cierto es una denominación pedante y estúpida, ante lo que es lisa y llanamente una demostración de incivilidad), pues quería decir, que el más grande de los problemas que tiene planteado el hombre moderno, es el de la emigración del hambre. Millones de seres humanos, de todas las razas, de todos los colores y de los orígenes más fantásticos, acosados por la necesidad quebrantan leyes, rompen barreras y ocupan tierras que hasta hoy estaban garantizadas contra cualquier tentación invasora. Pueblos enteros, incapacitados por los sistemas implantados por los poderosos, se encuentran «al filo de lo imposible» y se sublevan contra los principios establecidos por aquellos que consiguieron el dominio y montaron el juego de las normas y de la obediencia de la ley. Los pueblos viejos, históricos y enriquecidos, se sienten vulnerados por las masas informes de los hambreados, y descargan el peso muerto de sus reservas sin futuro sobre los pueblos admitidos entre los grupos humanos poderosos y por tanto dominantes por la gracia de Dios y de los demás hombres. Nos encontramos, dígase lo que se quiera, ante el más grande de los problemas que le pueden acosar al mundo: la ocupación de sus tierras, de sus aguas y aún de sus aires por aquellos que, por no tener nada, están obligados a buscar lo imprescindible allí donde piensan que pueden encontrarlo: España por ejemplo. Ni el terrorismo, ni la inseguridad ciudadana tradicional, ni el paro siquiera, forman un conjunto tan grave, de peripecias universales, como la emigración, como los hombres y las mujeres desesperadas jugándose la vida porque consigan ser admitidos entre los seres de valores eternos y de derechos de obligado cumplimiento. ¿Qué se puede hacer para contener la terrible avalancha de la emigración del hambre? Naturalmente que existen fórmulas cristianas, sociales y humanas, como pudieran y debieran ser el reparto equitativo de los bienes y la implantación de la justicia distributiva. Pero como éstas son utopías que todos intentan desterrar de los principios, tendremos que intentar equilibrar estas necesidades universales, para las cuales no valen ejercicios de caridad bajo tierra, imponiendo leyes restrictivas a fin de que cada perro se lama sus heridas. Más de un millón de peregrinantes de la miseria andan por las calles de nuestras ciudades. Y a este desbordante número de improvisados ciudadanos de tercera, se añaden cada día decenas, centenas y hasta millares de otros seres desesperados. ¿Qué será de todos nosotros así que el número de invasores resulte tan copioso y abrumador que no nos sea posible soportarlo? España, sin duda. Y que, por favor: Que nadie se llame a engaño: Europa, la Europa de la grandeza, con su novísimo estatuto, con su generosa constitución cargada de frases hechas de futuro, no tiene prevista ninguna operación de erradicación de la pobreza ni está dispuesta a permitir que sus campos de golf sean ocupados por masas desorbitadas. ¡Este es el gran problema! Todo lo demás son gestos para seguir dominando.