Diario de León
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LUIS ARTIGUE
León

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SIEMPRE HAY QUIEN CREE hallarse entre enemigos y quien entre personas, quien lo llama cruzada o guerra justa y quien lo denomina terrorismo espantoso; siempre hay quien ve una mera piedra y quien atisba volumen, forma, escultura, belleza... Sí, en pleno aniversario de la inolvidable masacre de Madrid en León, frente al Auditorio, el escultor idealista Amancio González está haciendo una de sus obras de cara al público como para regalar su personal aportación a este aniversario en forma de hecho participativo, acontecimiento creativo colectivo, propuesta ciudadana como certera metáfora de que la ciudad y la libertad, como la escultura en piedra, son algo costoso y valioso que se va modelando entre todos poco a poco, paso a paso, con esfuerzo, perseverancia y fe. Se necesita mucha fe en el poder ejemplificador de la escultura para llevar a cabo una empresa artística tan positivamente transgresora: el autor ha comprado con su dinero la piedra, él la esculpe entre nosotros y por nosotros, él imparte gratuitamente clases prácticas a veintidós entusiastas que se han sumado a esta generosa apuesta en favor de la belleza. Y, creemos, al hacerlo el escultor le está dando una elocuente lección a nuestros políticos capaces de gastarse cientos de millones de dinero público en Las Moscas de Eduardo Arrollo y, a la vez, capaces de dejar que lentamente se deshaga y muera el Gigante de Santo Domingo -también obra cedida gratuitamente a la ciudad por Amancio González, y la cual urge que nuestras autoridades la pasen a bronce-. ¿El descascarillado, abandonado y hermoso Gigante de Santo Domingo es hoy un reflejo de la cultura institucional de León? Pero este escultor vocacional no se venga, no confunde ni mezcla política con ciudadanía, y nos regala ahora a los ciudadanos su saber hacer. De paso nos enseña que aunque el terrorismo, la barbarie y la falta de alma existan, también hay entre nosotros artistas comprometidos que intentan responsablemente iluminarnos, o conmovernos, o asombrarnos, o lanzarnos una invitación al altruismo y la solidaridad en esta era de la encarnizada búsqueda de rentabilidad. Oh, la piedra enorme situada en esa glorieta, ahora, es una posibilidad, y todos los que estamos mirando, y todos los que pasan y se paran, y todos los que están esculpiendo constituyen una esperanza. Sí, contemplo la afluencia de gente desde lejos, pienso en el milagro de la creación y creo ver ahí, en este arte-espectáculo, un resumen de otro mundo posible: unos crean y otros miran, tal vez sin entender pero con respeto; unos hacen y otros valoran; unos son y otros están, siempre todos necesarios. A quien se acerque a ver ese proceso quiero recomendarle pues que no sólo se fije en la obra sino también en la gente, en las historias personales, en la semilla, en las personas mayores admiradas ante el derroche de energía, en los jóvenes junto a Amancio iniciando con ayuda un camino, en la luz preprimaveral de increíble belleza, la canción de las cosas, el esfuerzo por pulir imperfecciones para hacernos mejores personas. Esta semana hemos recordado el 11-M porque no queremos olvidarlo sino aprender a sobrellevarlo y, sobre todo, a evitarlo. Y esa fecha nos ha llenado los labios también de esperanza, de orgullo, de historias sobre héroes anónimos capaces de sacar lo mejor que hay en nosotros. Igualmente este escultor, con su ejército de la belleza en torno a él, ha salido a la calle para comunicarse sin palabras con la gente, y regalarles así algo inmaterial mientras da forma a la materia, y lanzarles un mensaje, y hacerles entender que la escultura -Señor Don Eduardo Arrollo y señores políticos- además de un negocio, también puede ser un elogio de lo hecho por amor y además para siempre. Curioso esto del arte «actual»: tanto los dirigentes y asesores del Musac como Eduardo Arrollo quieren hacer negocio mediante el dinero público. Sin embargo Amancio, con esa gran afluencia de gente, demuestra que el público corriente y moliente sabe intuir, y sí ama el arte de hoy cuando es eterno. En lo que se refiere al arte comprado con dinero público habría que escuchar más a la gente y menos a supuestos «sumos sacerdotes» pues el mercado, a pesar de sus deficiencias, es más justo que el poder.

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