CRÉMER CONTRA CRÉMER
Se necesitan curas
SE CELEBRA el Día del Seminario y me dicen que no hay curas para todos, que hay parroquias que se clausuran precisamente por no tener quien las atienda y que aquella juventud del pueblo que casi inevitablemente accedía a seguir los cursos en los seminarios, prefería los riesgos de la capital, sus falacias y vanidades. Me escribe mi tía la del pueblo para decirme que para oír la misa dominical tienen que esperar a que el cura del poblado inmediato cumpla con su cometido y le queden tiempo y ganas de caminar hasta su iglesia de San Juan, para cumplir a su vez con la obligación que ha de cumplir todo buen cristiano. Y me señala a mí como espejo de perdición, en el buen sentido y sentimiento, me dice. Y es que hace ya algunos años, muchos años según me explica el cura de mi parroquia, las familias rurales liberaban a sus hijos del oscuro porvenir de la agricultura, enviándoles al seminario. León contaba con varios seminarios, menores y mayores y nunca faltaba un puesto en cualquiera de ellos para un chico bien nacido, con bautismo y confirmación cumplidos. Los catecúmenos se alistaban en las filas del seminario y se convertían en un motivo ornamental de la ciudad, aparte, claro es, lo que cabía esperar de su sabiduría y piedad. Una vez que los muchachos adquirían la preparación suficiente para navegar por las turbulentas aguas de la vida moderna, colgaban los hábitos y ya de paisanos, aunque sin perder del todo la vocación ni el estilo, acudían al Instituto para hacer el bachillerato oficial y buscarse un puesto, un cargo o una influencia que les permitiera ya vivir y desarrollarse, casados y bien casados. En el ámbito eclesial se escucha el dulce lamentar de quien teme quedarse en blanco, sin curas que llevarse a sus necesidades y no se debe esta ausencia a que la sociedad laica, con sus impiedades y sus desvaríos o por convicciones ideológicas ajenas a los dictados de los libros sagrados, haya sido la culpable de esta situación que los obispos reputan como muy grave para la salud del cuerpo y salvación de las almas. Es simplemente que el mundo, que la sociedad y que los hombres que la forman, la deforman o se deforman a medida que pasa el tiempo y que los usos y costumbres de la tribu demanden otras maneras, otros estilos, otros talantes que los que exige la comunidad actual. Por otra parte también la Iglesia en sus facetas múltiples y también cambiantes contribuye a la confusión desde que la clerecía, por ejemplo, decidió abandonar el vestido tradicional para dejarlo todo en la señal que algunos mantienen en el cuello. Ya, mi querida tía, ni los curas son como eran, ni la misa conserva la misma letra y la misma música, ni los mandamientos -por ejemplo el cuarto y no digamos el sexto- ni se respetan ni se cumplen. Aquí, mi querida tía, o cambiamos todos o seguimos como estábamos. Y como réplica a su demanda de curas para todo, mi señora tía la del pueblo, se lamenta con un punto de rebelión en las palabras de que en un tiempo como éste, en el cual la mujer asciende por imperativos de la realidad a todos los puestos claves de la sociedad, todavía la Iglesia no ha decidido sobre la permisividad del cura-casado ni del cura-hembra. ¡No desmaye, no obstante, tía, que yo la veo a usted de diaconías en la parroquia de San Juan!