Diario de León

LITURGIA DOMINICAL

La seriedad del incrédulo

Publicado por
JOSÉ ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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CUANDO éramos chicos, los incrédulos estaban en los libros de historia. O en cementerios extraños. Los que todavía vivían estaban en países lejanos. Y, si por casualidad, quedaba alguno cerca de nosotros, trataba de ocultar su increencia y hasta lleg aba a practicar los ritos de los creyentes. Ahora los incrédulos están por todas partes. Son muchos más y hablan más alto. Seguramente no sólo han ganado compañía. También han ganado publicidad. Tanto que muchos creyentes parecen envidiarlos y tratan de imitarlos, ocultando sus creencias. Martín Descalzo escribía hace años que «desde siempre, los incrédulos se han creído más listos, más profundos, más serios que los creyentes. Desde siempre han juzgado vana su alegría, ilusa su esperanza; y puede que buena parte de la cuesta arriba de la fe no esté tanto en creer y amar desde la oscuridad, sino en creer y amar entre las ironías de los «listos» sin fe». Y como a todos nos gusta parecer un poco listos, sentimos de vez en cuando la tentación de copiar el talante de los incrédulos. Todo esto viene a propósito del apóstol Tomás, que ocupa «casi» el puesto central en el evangelio de hoy (Jn 20, 19-31). A muchos nos ha intrigado siempre la figura de Tomás. Parece que se negaba a creer que Jesús hubiera resucitado. Por eso lo llaman el incrédulo. Pero él se había sublevado ante esa calumnia: ¡de incrédulo, nada! El mismo Martín Descalzo lo compara con los discípulos que encontraron a Jesús en el camino de Emaús: «Los dos de Emaús creían que creían. Tomás creía que no creía. Jesús les trajo a los tres a la sencillez alegre de creer sin sueños y sin miedos. En el fondo, Tomás se dio cuenta de que, si se negaba a creer, era por la rabia de no haber estado allí cuando Jesús vino (¿) Con su negativa estaba provocando a Jesús a aparecerse de nuevo. También él necesitaba mimos, ternura. No era, en el fondo, otra cosa que un niño enrabietado». Lo que le molestaba a Tomás es que sus compañeros creyeran con tanta facilidad en el resucitado cuando no habían aceptado su muerte. Sólo él había invitado a los demás a subir a Jerusalén y morir con él si fuera preciso. Él era el único «serio» del grupo. Los demás, unos ilusos. O unos oportunistas, que es peor. La dicha de la fe Al mostrarse a Tomás, Jesús pronuncia la última de las bienaventuranzas evangélicas: «Dichosos los que crean sin haber visto». Los mejores biblistas dicen que en ella es establece un contraste entre ver y no ver. Un contraste que nos afecta a todos. - «Dichosos los que crean sin haber visto». Ahí están todos los que a lo largo de los siglos han llegado a la fe, apoyados en la palabra de los que vieron a Jesús y en él descubrieron la gloria de Dios. - «Dichosos los que crean sin haber visto». Ahí están los que han sufrido una y otra vez la tentación de abandonar el camino del Señor, por no haber visto su presencia en la historia de cada día. - «Dichosos los que crean sin haber visto». Ahí están los creyentes que han mantenido su fidelidad, a pesar del dolor y la tristeza, del cansancio interior y de las burlas exteriores. - Jesús de Nazaret, no permitas que nos apartemos de ti y, en medio de las dificultades que nos acosan, acepta nuestra voz que te confiesa diciendo: «Señor mío y Dios mío».

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