Diario de León
Pedro García Trapiello

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MARUJA se sulfura siempre al ver paisanos o clérigos con traje talar, ese que llega a los tobillos. La Torres -por norma desorejada de verbo y descreída de montera- se enerva al ver tanto faldumento en oficios y escenografías religiosas como en las recientes exequias pontificias comprobando, sin embargo, que debajo de todas esas faldas no se encuentra ni una sola mujer. Imposible. ¿Ni una? Ni una. En misas y ritos de presbiterio vale que no oficien porque no tienen órdenes, ¿pero en el resto de la liturgia fúnebre o en los cortejos? Tampoco. ¿Y en los estrados de las dignidades eclesiásticas? No asomaron y, si las hubo, ni las enfocan. ¿Ni siquiera una abadesa o una generala de congregación? No; la mujer es carne de feligresía y de banco corrido. Su camino al diaconado -no ya al orden sacerdotal- no lo verá esta generación. Creo que fueron estudiantes polacos los que en una visita a Roma, recién estrenado su paisano en el solio, hicieron ver a Wojtyla que entre la inmensidad de estatuas religiosas que adornan la plaza de San Pedro no había una sola imagen de la Virgen. ¿No? El Papa quedó perplejo y acabó comprobando que así era, de modo que ordenó el levantamiento de un monumento en la plaza para poder verlo desde sus aposentos; allí está hoy. Tampoco suelen verse mujeres santas entre tanto santo de piedra y, a lo peor, tiene algo que ver la militante homosexualidad de artistas y alguna dignidad eclesiástica renacentista que intervino en la obra. Fuera mujeres. No se las ve en el gran teatro de la Iglesia temporal de estos tiempos. Su papel parece reducirse a la crianza, a la cocina y a la capilla (vieja fórmula alemana de las tres «k»: kinder, küche, kirche). A Maruja Torres la llevan los demonios cuando le citan las tres patas de este banco, pero seguramente se regocija al recordar que Jesús se hizo acompañar en sus tres años de vida pública por mujeres a las que liberó de la cocina, de los críos y de los bancos de atrás del templo donde rezaba la viuda del óbolo. Y eligió a mujeres para mostrarse después de resucitado, relegando a su vicario Pedro y al resto de la apostólica tropa masculina para otra ocasión (riñéndoles, además, por tochos y descreídos). Lo tenía claro. En su muerte no participaron mujeres. A Jesús lo mataron sólo hombres y algún amigo.

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