Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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He ido a ver a su casa de Ponferrada a don Baldomero Cea, el galleguista más ilustre del Bierzo, autor de «A Galiza Berciana», (Ediciós Lanzós, O Incio, 1983). He ido como amigo, que ya son muchos los años de vernos, y encontré lo de siempre: los anaqueles rebosantes de libros gallegos, el retrato imaginario de Breogán y los autógrafos enmarcados de Castelao, de cuando don Baldomero vivía en Buenos Aires, exiliado. Y he vuelto a admirar sus 89 años de lucidez y de duda, adornados por su sentido del humor algo triste, de pura ladera del Sil. Don Baldomero Cea vive sólo aunque tuvo una esposa antaño. Una mujer de A/La Coruña, anarquista hija de conserveros que tenían afición por la ópera. Se llamaba Petunia Lourizán y murió en América en 1959. Cuando ella murió, don Baldomero cambió algo en la forma de ser, y mucho en la de pensar. Abandonó la acracia y se volvió liberal de fondo y de forma. Años después, en 1971, regresó a España, y se instaló en Vigo, donde trabajó para un despacho de abogados galleguistas, siendo éste el único período de su vida en el que utilizó su título de derecho, ganado en Compostela en 1936. Don Baldomero Cea me dijo en su casa del Campo de los Judíos, que la muerte ya le pisaba los talones, y añadió que lo peor de la muerte, para un ateo como él, «no era desaparecer para siempre, cosa que hasta me resulta grata», dijo, «sino ya no poder acordarme de Petunia». Yo le prometí entonces que la recordaría por él, y don Baldomero, feliz, se acercó a un estante y volvió con un álbum lleno de fotos de Petunia, que me obligó a contemplar muy detenidamente para que mi recuerdo fuera cabal. Hablamos luego de lo que yo quería: del Bierzo; de esa galleguidad que muchos le atribuyen, y de la que respetuosamente discrepo, aun aceptando lo que es obvio: el parecido del Bierzo occidental con Galicia, y el bello sonar del idioma de Cunqueiro en la tierra del Valcarce. Cruzamos algunas frases y me sorprendió mucho que don Baldomero me dijera que no creía ya en la esencia de ningún país, de ninguna comarca, de ninguna ciudad. Y hasta añadió que, para él, los pueblos no existían. «Quiero decir el pueblo gallego, el pueblo berciano, el pueblo leonés...» ejemplificó. Lo que existe es la sociedad gallega, la berciana o la leonesa, formada por gentes que hablan en gallego y gentes que no lo hablan, gentes que lo quieren aprender y que no; gentes que creen en la patria y que no y por gentes musulmanas, magrebíes, eslavas o subsaharianas que también tienen derecho a vivir y trabajar en el cuadrante Noroeste. Luego don Baldomero dijo que eso era el presente, y sobre todo sería el futuro, y que lo de los pueblos era el pasado y el error: cuentos de místicos que manipulan la geografía y la historia; discursos de jóvenes lúgubres de la etnia; exabruptos de profesores universitarios que viven en guetos donde lucen la endogamia y la asfixia nacionalista. Y me insistió don Baldomero Cea que cuanto menos creía en esos sentires colectivos, más quería a las personas de todo el mundo, más le interesaban, empezando por las bercianas, eso sí, y continuando por las gallegas. A lo último de la tarde don Baldomero me invitó a una copa de aguardiente viejo y fortísimo. Y me dijo que ese licor se lo había regalado Celso Emilio Ferreiro, poco antes de morir el gran poeta de Celanova, y yo, que conocí a Celso Emilio, y que viví en 1976 una gran noche de palabras y de alcohol en su casa del paseo de las Delicias de Madrid, me emocioné un poco. Y creo que si hubiera sonado en ese momento una gaita, habría llorado. Una gaita tocada por un inmigrante de Afganistán. Y las pandetereiras, todas recién venidas de Guayaquil. «El futuro, amigo, el futuro», volvió a decirme don Baldomero, ya saliendo yo de su casa.

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