LITURGIA DOMINICAL
Llamarada y evangelio
ES EVIDENTE que aumentan los gestos de enemistad contra la fe cristiana. Pero también aumentan los que se preguntan qué tendrá esa fe para ser atacada y cómo ha podido sobrevivir hasta ahora a pesar de las muchas persecuciones que ha sufrido. Seguramente la respuesta tiene algo que ver con el Espíritu Santo. En esta fiesta de Pentecostés leemos en la liturgia el capítulo segundo del libro de los Hechos de los Apóstoles. Allí se nos cuenta cómo el Espíritu Santo se posa, a modo de llamarada, sobre los discípulos de Jesús. Aquel fuego los abrasa. Aquella presencia los transforma de raíz. El primer efecto de aquella donación es la intrepidez con la que los antes amedrentados se tornan osados pregoneros para anunciar por el mundo la vida y el mensaje de Jesús. Y el segundo efecto es el don de lenguas. Los mensajeros pueden ser entendidos por todos los peregrinos que se encuentran en Jerusalén, procedentes de los países más dispares. Creer en el Espíritu En el «Credo» afirmamos nuestra fe «en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Jijo es adorado y glorificado y que habló por los profetas». Esa es nuestra fe. De ella habríamos de vivir. Sin embargo, en nuestra vida diaria, olvidamos esa creencia. En la práctica, la fe en el Espíritu parece ejercer una influencia muy pobre. Creer en el Espíritu Santo significa vivir a la escucha de la Palabra de Dios y tratar de ponerla en práctica. Creer en el Espíritu supone prestar atención a los profetas que nos envía en nuestro tiempo. Creer en el Espíritu exige dejarnos guiar por su impulso para anunciar a los cuatro vientos la vida y el mensaje de Jesús. Creer en el Espíritu implica reconocer la unidad a la que estamos llamaos por encima de las diferencias que nos separan. Creer en el Espíritu demanda de nosotros diseñar una sociedad que se parezca a una comunidad fundada sobre el amor. 1397124194 Don del Resucitado En el evangelio de hoy (Jn 20, 19-23) se nos recuerda cómo Jesús se apareció a los discípulos el día mismo de su resurrección. Tras saludarles con el deseo de la paz, los envía en su nombre por los caminos del mundo y les hace el don de su Espíritu: ¿ «Recibid el Espíritu Santo». Cada uno de los cristiano lo ha recibido por la fe y el bautismo, pero ha de acogerlo conscientemente en la vida y el compromiso de cada día. ¿ «Recibid el Espíritu Santo». Por Él se sabe guiada la Iglesia entera, tanto en los momentos de tranquilidad como en los de crisis, en las horas de gloria y en la persecución. ¿ «Recibid el Espíritu Santo». Lo ha recibido incluso el mundo que no cree en Jesucristo como agente y promesa de humanización, de justicia y de paz. - «Ven, Espíritu divino, manda tu luz desde el cielo, Padre amoroso del pobre, don, en tus dones espléndido, luz que penetra las almas, fuentes del mayor consuelo».