Diario de León
Publicado por
Antonio Núñez
León

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ESPAÑA tiene un problema y estos días sólo se habla de reformar la Constitución para que pueda heredar la Corona lo primero que salga del embarazo de doña Letizia, sea varón o hembra. El asunto es realmente embarazoso porque para cambiar la Carta Magna se precisan los votos de dos tercios del Parlamento, disolverlo luego, elegir otro y, por último, convocar un referendum para que el pueblo lo ratifique. Según los expertos, la urgencia depende de si es niño o niña. Sesudos leguleyos y prohombres de estado debaten la cuestión, que, en principio, se resume así: si el vástago de los Príncipes de Asturias es un pelayín no hay prisa para la reforma constitucional, que podría esperar perfectamente otra generación -a ver si hay suerte, ho- pero en caso de nacer primero covadonga la cosa se complica, porque habría que rehacer la martingala de la dichosa ley antes de nueve meses, no fuera a ser que Pelayo lo heredara todo, según la Ley Sálica, ain siendo el segundo -o el tercero, como un tal Felipe de Borbón- en la lista de espera. Las aristocracias rancias son así, incluidas las de real abolengo. Comentando estos y otros problemas de casa mi mujer zanjó el asunto con un «todos los machistas teneis suerte, porque hay un 50% de probabilidades de que nada cambie este año, pero fíate tú del que viene con las prisas que se dan en repoblar los Borbones cuando se ponen, ya puestos». En esto de los porcentajes las amas de casa coinciden milimétricamente con los expertos en leyes, en génética, con la luna llena y con Rappel: si los partos no fueran la mitad de niños y otro tanto de infantas hace tiempo que habrían finiquitado todas las dinastías, desde el palacio de La Zarzuela hasta las que pagamos la hipoteca de nuestro bolsillo en el barrio de Eras de Renueva. Parece que de momento va a quedar así el debate, o sea en suspenso, hasta ver exatamente qué o cuála viene, confiando todo lo demás al ya dicho azar del cincuenta por ciento. En el último debate sobre el estado de la nación ni siquiera se pidió una ecografía de doña Leti, limitándose los portavoces de los grupos parlamentarios a ponerse a parir en el Pleno del Congreso, que tiene forma de media luna llena y por eso ni alumbra, ni pare ni nada, según las comadronas de la Seguridad Social. De lo que se deduce que los expertos en temas de Estado, cuando no están seguros de lo que quieren, lo fían todo a la prueba de la rana. Cierto amigo, ginecólogo ya en paro cuando se aprobó la ley del aborto y del que un servidor no es capaz de despegarse en la barra del bar desde lo de los matrimonios gays, comentaba anoche muy profesionalmente: «machos, la clase política no tiene ni zorra idea, porque imaginaos que sale sietemesino o sietemesina...». Y, efectivamente, habría que convocar las Cortes constituyentes en agosto con todos los diputados de vacaciones. «O que fueran mellizos o trillizos de distinto sexo, porque no veaís la de patadas que iba a recibir la Leticia para salir el primero», añadió. «O que fueran gemelos o gemelas y entonces volvíamos a la diarquía y se iban a matar de mayores, como Rómulo y Remo», volvió a insistir. «O que saliera como Alberto Rainiero, el de Mónaco, y hubiera que adoptar a alguno de nosotros, vaya panda, para garantizar por razones técnicas la continuidad del casino», suspiró al cuarto whisky. Al quinto ya se metió en camisa de once varas proponiendo, como Rodríguez Zapatero, una reforma de la Constitución con carácter retroactivo, saliera lo que saliera, «si es con barba San Antón y, si no, la Purísima», tras lo cual fuimos invitados por el camarero a otra recopa de parte de un tal Iañaki Urdangarín. Como aún queda bastante para que se le pase la resaca a la peña -al ginecólogo y a mí no, a los políticos- pensamos quedar otra vez esta noche para arreglar lo que queda del país: Antibióticos, la MSP, la inmigración, el paso a nivel de El Crucero, Lagun Air, la financiación en Caja España de la hipoteca de Letizia, la sequía y así todo el rato. A eso de las cinco de la mañana del miércoles nos enteramos de que los príncipes habían sido obsequiados en Menorca con un chupete de plata para el nene o la nena, se supone que a modo de alegoría de lo que le espera al resto del territorio nacional, cosa que debió de reconfortar un tanto al árbol genealógico de la familia entre docenas de parientes con faldón, bombín y más apellidos que el Conde de Montecristo. «Es casi seguro que a estas horas de la madrugada hayais fundado ya los dos un partido republicano, así que me apunto», nos ha prometido el tabernero al gineólogo y a mí, mientras ponía otra ronda con un «invita la casa porque, de todas formas, vamos a tener que pagar todos el biberón en impuestos». Ya somos tres.

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