CRÉMER CONTRA CRÉMER
Tertulias, debates y habladurías
ABRUMA LA TELEVISIÓN, dicho sea con todos los respetos que me merecen cuantos en ella intervienen, desde los «Caballos blancos» a los ministerios del ramo. ¿Pero es que no hay forma de acabar con tantísima charlatanería disfrazada de ejercicio de comunicación popular? ¿Es que los españoles estaremos condenados hasta el fin de nuestros días y de nuestra historia a sufrir con paciencia infinita y resignación cristiana a prueba de martirio, las procacidades de una serie de personajes míseros, indecorosos y charlatanes sin medida? ¿Es que el mapa de la España liberada no es capaz de rehabilitar el medio y de convertirle en lo que debiera ser: mecanismo para enderezar la cultura, la ética y la política de un pueblo con voluntad de salvación? Como en el aparato del que dispongo solamente tiene dos o tres cadenas o rutas de información y de educación, se disimulan bastante los barbarismos, las necesidades y las petulancias de tantísimos cantamañanas como asoman la gaita y parecen empeñados en que nos hundamos en la mierda. En la cadena a la cual estoy forzosamente sujeto y que desearía que no fuera la que sirve públicamente a los efectos a la droga, todos lo días de la semana, salvo los domingos, en los que se cambia de camisa y de grupo didáctico, aparecen frecuentemente una señora o señorita que habla de todo lo divino y lo humano como si se hubiera doctorado en La Sorbona en los tiempos clásicos; a su lado un chico, con cara de jugador de rugby jubilado, insiste en su teoría sobre el cerebro de las pulgas africanas y aprovecha la ocasión para opinar sobre el arte emergente y sobre las bulas pontificias; lo que no es obstáculo para que entre col y col se inserte la intervención de un bachiller barbado que aspira a decir la última palabra sobre el Papa Juan Pablo Segundo (te quiere todo el mundo). Todo el conglomerado forma tal tiberio de frases hechas, de tópicos elevados al cubo que abruma y desconcierta. Pero el público o sea el televidente resiste, porque una chica fondona y con cara de panadera napolitana, informa a un público adicto -como si les pagaran por ello- de que acude a la televisión o a la radio o a la vecina comadrona que echa las cartas, porque no conoce a su madre original ni a su padre putativo y que quiere conocerlos antes de emigrar para el Canadá. Y la chica que sirve o hace de Celestina, venga a tirar de la soga hasta que la penitenta echa por la boca todas las secuencias de una vida de asco. Y el público resiste y pide más. Y entonces la cámara recoge la figura de una muchacha rojiza y culona que acude a este medio de la televisión porque le han dicho que así puede encontrar un maromo rico y apto para la Plaza de la Maestranza. Parece una burla pero la televisión es lo único serio que existe para millones y millones de españolitos y de gente oscura llegada en patera. Y ante tanta vulgaridad, ante niveles tan bajos de cultura nos preguntamos: ¿Quién tiene culpa de tanta estulticia, de tantísima carcoma cerebral, de tanta beatedad ignorante, de tanta ordinariez y chocarrería? No, señora, no; la culpa de tantísima chabacanería la tenemos todos, los unos por acción y los otros por omisión analfabeta. Ya sé, señora, que apenas termine de repasar estas notas morales dirigiéndose a gentes como yo dirá usted: «¿Y tú, qué haces para corregir esta demostración de cerrilidad?» Y respetuosamente respondo: «Hago lo que puedo y lo que me dejan»; y a todo se acostumbra uno que es lo aburrido.