CORNADA DE LOBO
En bragoncias
TODOS los loros de nuestra corrala mediática están hablando de Lola, la Faraona. Se hacen lenguas batiendo escandalillos en cada programa fucsia y entre esos tertuliantes que ven una bragueta abierta y acaban convirtiéndola en la boca de un metro, penetrando la noticia. La Lola Flores era un filón abriendo la boca, pero es una auténtica mina abriendo las piernas después de muerta como si fuera un circo putífero de ultratumba, un festival de bragas caídas. La sacan del camposanto y la ponen a pasear en una alameda de revelaciones y desmentidos como cagándose en la paz de sus muertos, esa paz en la que al fin se encontraba hasta que sonaron los campanazos metálicos que produce la caja registradora de televisiones y revistas cada vez que alguien llega levantando las faldas de algún mito. A Lola la han desenterrado como se hace con los santos in péctore o súbitos cuando hay canonización y traslación a basílica o con los ídolos de pies de barro cuando alguien quiere hacerles un prólogo de su juicio final. De un juicio se trata aquí. Se declara vista pública. La acusación particular es una catarata de mierda revestida de toga y el fiscal (fiscala, por favor) es una loca de pelo tieso de laca que se desgañita ante las cámaras. Le disputan el papel una amiga de la difunta que le tenía mucho respeto, un pedorro maricón que cree saberlo todo o un menda de chaqueta verde fosforito que la vio una vez jugando al bingo. Hablan todos. Es el debate nacional sobre el estado de la patria adúltera de la artista. Sólo falta Rajoy con la bandera de España que no apareció en Israel para taparle sus vergüenzas en una verónica patriótica y arriar del mástil las bragoncias de la Faraona que allí ondean izadas por el inveterado vicio ibérico de hacer chanfaina con las asaduras de cualquier muerto célebre. Hé aquí la grandeza de la miseria humana (!), dicen los abogados de la defensa; hé aquí un monumento a la liberación de la mujer que se adelantó a los tiempos haciendo de su coño un sayo, un capisayo y una caja de caudales. Admiradores y detractores tienen con qué hacer astillas. Saca el album, tú. Mira esa foto. Si ya se la veía. Un respeto, oiga, que ella tenía mucho respeto. ¿Y si les damos unas navajas para que se anime el cotarro? La cosa comienza a ser ya más aburrida y pesada que una retransmisión vaticana.