Bandolerín
BANDOLERO es la persona que atraca a mano armada en descampado y no sé si le cabe a Salvador Cañueto este título y la receta penal que se endilga por él cuando te llevan ante el juez. Más bien no; en ratero lo dejamos, en hurtador, en furtivo que se procura el sustento al salto y nunca más allá de lo que exige una andorga con ruido de tripas y un morral de poco fondo con el que poder salir corriendo, ligero de equipaje y de codicia. Tiene novela el tío. Marco Romero le hizo aquí el domingo un buen retrato de pesquisa periodística que deja establecido el guión de su película, una peripecia personal que es dramón y gesta, terquedad anacoreta y lobada solitaria. Presenta este estepario cabreirés de Marrubio, pueblo colgado, similitudes con otro de La Cabrera Alta que se hizo un hueco en la literatura como jicho porque el vasco Ramiro Pinilla le metió en su novela-retrato «Antonio B. el Rojo», a quien también le faltaban dedos en la mano porque un día de hielos y escarcha metida en los cañones le reventó la escopeta de caza en los morros. Los dos, Antonio y Salvador, eran unos huídos de su presente, ahospadas víctimas del latigazo que dan el hambre y los gritos en la cocina materna con padrastro de cintazo largo. Escaparon de su realidad y le pidieron asilo al monte, al útero de urces y carqueixas que se enmarañan y camuflan. Y así se tiraron años comiendo en ocasiones tan sólo tronchos de berza que en enero son pura leña y estaca. Salvador fue pastor de cumplimiento enhebrando horas muertas de palabra con el delirio de los sueños y las conjeturas, hasta que un día el viento le enseñó otro horizonte. Trabajó después en una tejera del Órbigo, hubo más adelante cárcel andaluza y otros maleamientos, hasta que decidió un día no regresar a la cárcel gaditana y empadronarse en el merodeo y el campeo, en la vida al albur. Ese día que decidió hacerse ermitaño de sus propios pasos perdidos había llegado a la íntima convicción que es lema del misántropo y del anacoreta: «No hay con quién». Determinó imponerse la soledad como mejor compañera de viaje. Así que a la gente le cae bien este bandolerín, este modesto malhechor robacorrales que duerme entre hojarascas donde hoza el jabalí o en celdas donde sueña con la libertad, el monte, el mazapán y una faria.