Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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EL VIEJO CAMPO DE SANTA MARTA, el césped verdísimo, los altavoces («Después del partido, visite bar Vigo»), unos señores atildados en la tribuna, otros vestidos más de corriente en preferencia, y otros más, en el fondo, hacia Montearenas; y tras el fondo un muro final, donde decenas de aficionados orinaban a la vez, en el descanso de las copas de coñac. Y los niños entre la tribuna y el fondo, al otro lado de la única baranda de madera que aún quedaba en el campo. Y yo que nunca fui donde los niños, sino con mi padre, en tribuna a veces, en preferencia otras, detrás de la portería en este caso, rodeado de parientes que contaban chistes, como mi tío José, tan serio en casa, y también por allí estaba mi primo José «El Mudo», con su paraguas justiciero, y algunas tardes se acercaban mis primas; y había curas por allí, que por lo general fumaban. Y no faltaba el cordial señor de los barquillos, el que tiene esa fiel y merecida estatua en la plaza del Ayuntamiento. Los equipos del grupo XIII de la tercera categoría, el de la misteriosa Federación Oeste. El Salamanca altanero, la Cultural capitalina y provocadora, el extraño Europa Delicias, y luego los clubes modestos, que eran casi todos: aquel Júpiter leonés, siempre derrotado, y el Hullera de Santa Lucía, con su traje oscuro y sus jugadores mineros; y el Astorga resignado, y el equipo de La Bañeza, algo más aguerrido y con un defensa central pelirrojo. Y el inofensivo Peñaranda, y el Medinense impasible, y el Arandina lleno de veteranos de tez oscura, y el Benavente de poco peligro. Y también los animosos equipos cercanos: el Atlético de Bembibre, que a veces se subía a las barbas, el Laciana que duró poco en Tercera, y aquel Cacabelense que llegó a jugar partidos oficiales en San Mamés. La ciudad del dólar convertida en la ciudad del fútbol. Los grandes cafés de la plaza de Lazúrtegui -el Central, el Caballero, el Moderno...- con sus grandes espejos donde los camareros iban anotando, con primor y puntualidad, los resultados de los partidos de fútbol de todas las divisiones. Y el enfado de algún cliente cuando estaba convencido de que la Deportiva no había perdido, sino ganado, que se lo había dicho alguien por la calle, aunque en el espejo del bar campeaba la derrota. Y la bronca sucesiva, y el tener que borrarse el resultado para evitar males mayores. Hasta que se hizo la triste paz. Ponferrada del fútbol de Tercera y de la emoción de los periódicos del lunes, con aquellas crónicas larguísimas que narraban la victoria de los blanquiazules en Sabero o en Guardo, o un empate en el remoto Ciudad Rodrigo («el equipo mirobrigense»). Tiempo de una hermandad de irónicos, que eso somos los bercianos. Y de escuchar las crónicas radiadas de «Vallalfons», y de los niños que mirábamos como ídolos a los jugadores, cuando coincidíamos con ellos por la calle. Y la honda emoción que sentí cuando Escobar, hermano de mi tía Carmina, me enseñó su álbum de fotos del tiempo en que jugó en Primera. El recuerdo de tantos aficionados que ya murieron, que pasaron muchos años soñando con un ascenso que algunas temporadas pareció estar al alcance de la mano. Aficionados interminables que gozaron y sufrieron libremente en el campo, y que se abrazaron a los goles y que se enfurecieron con los árbitros, y que hoy también estarán en las gradas del estadio de Alcalá de Henares, como sombras perdurables; gentes de Ponferrada que vivieron la ciudad en todos los sorbos que tenía, en el amor y el olvido, en la ambición y el fracaso, en la alegría y el desprendimiento, en la sonrisa y el tiempo. Por ellos también juega hoy la Deportiva.

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