LITURGIA DOMINICAL
Hospitalidad y riesgo
ES UN GUSTO volver a leer las Cartas sobre autoformación, escritas por Romano Guardini. Es preciosa la carta sobre el hogar y la hospitalidad: «El valor de la hospitalidad únicamente lo conoce el que viene de fuera, el forastero. ¡Qué a gusto se siente cuando da con hospitalarios corazones que le crean un hogar cálido de intimidad!». Para practicar la hospitalidad hace falta tener un verdadero hogar y, sobre todo, un corazón abierto y acogedor. Un corazón sin recelos ni suspicacias. Un corazón capaz de aceptar a los demás aunque no piensen como nosotros, aunque no salgan en la misma manifestación ni voten al mismo partido, ni lean el mismo periódico. En otros tiempos, las familias tenían pocas comodidades. Y sin embargo, estaban dispuestas a recibir a los peregrinos y caminantes. Hoy las casas son más confortables pero nos hemos vuelto más desconfiados. Seguramente tenemos razones para no acoger a cualquiera. Nunca se sabe con qué intenciones llaman a nuestra puerta. Pero, además de razones, tenemos muchos miedos. El mensajero y el mensaje En un pueblo de nómadas, como había sido el antiguo Israel, la hospitalidad era la primera de las virtudes. Al recibir a unos caminantes, Abraham recibió, sin saberlo, al mismo Dios. Jesús había dado instrucciones a discípulos que enviaba a la misión de anunciar su mensaje. Ahora se refiere también a los que los acogen: «El que os recibe a vosotros me recibe a mí, y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado» (Mt 10,40). En la categoría de la acogida se encierra sobre todo el concepto de la escucha y la aceptación del mensaje que llevan los misioneros. Como ha escrito Bruno Maggioni, «esto significa exactamente acogerlos en cuanto profetas, justos y discípulos». Al leer el evangelio de hoy muchos pensarán que efectivamente nuestra sociedad se ha negado a escuchar y acoger a los mensajeros del Señor. ¿Será por los fallos del mensajero o será porque el mensaje resulta molesto y exigente? Y nosotros, los que esto leemos, ¿estamos convencidos de que al acoger a los mensajeros, acogemos al Señor que se ha identificado con ellos? La clave del Discípulo Los mensajeros, por otra parte, no han de lamentarse de los riesgos que corren. El mismo Señor les ha revelado claramente lo que espera de ellos: «El que no toma su cruz y me sigue no es digno de mí». ¿ «Tomar la cruz» no es una desgracia. Es la primera condición del discípulo que quiere aprender de su Maestro. Es el modo de identificarse con Él. Tomar la cruz tampoco es una estrategia para ascender en la vida. Es la garantía de haber asimilado el espíritu del que nos llama a estar con él y anunciar su mensaje. ¿ «Seguirle» es la actitud clave del discípulo. No se trata de un mero seguimiento espacial, como el de aquel que asiste a todas las representaciones de su cantante favorito. Es la escucha de su palabra, la asunción de su espíritu, la aceptación de su suerte y de su muerte. Es vivir con Él y como Él. - Señor Jesús, tú nos has llamado y nosotros, mal que bien, te hemos seguido. No permitas que desfallezcamos en el camino. Bendice a los que nos acogen y haznos también a nosotros hospitalarios para que podamos recibirte a ti en los que tú nos envías. Amén.