SOSERÍAS
Mihura y la España plural
SE CUMPLE este año el aniversario del nacimiento de Miguel Mihura, el genio del humor en España. ¿Se está acordando alguien de Mihura? De su «Ninette y un señor de Murcia», de su «tetera», de su desternillante «melocotón en almíbar» o del «chalé de madame Renard». Muy pocos ciertamente porque nos hemos hecho muy serios con nuestros móviles, nuestros cuatropor cuatros, nuestras camisetas de marca, nuestros viajes a la nadería y, claro es, nuestra estupidez congénita. Y además porque, no nos engañemos, esto del humor no vende. Del humor fino se entiende, no la chabacanería, el chiste fácil, la parodia barata de este o aquél político. Del humor que es al mismo tiempo destrucción, mal humor, escepticismo fecundo, un saber el final de muchas películas sin caer por ello en la pedantería, actitud esta que es una expresión de la inteligencia, fruto más bien escaso. O el humor absurdo, desconectado de la realidad, precisamente para zaherirla a discreción. Alguna vez he recordado que «La tournée de Dios» de Jardiel Poncela fue prohibida por la censura franquista, por irreverente con el Cielo, cuando es un libro irreverente claro es pero con la Tierra. Mihura deshizo tópicos y quiso descoyuntar la columna vertebral de la sociedad española sin que ella se diera cuenta y sin querer cambiarla, en una filigrana del conservador/revolucionario que era. Pues bien, recuerdo hoy, en homenaje al autor de los «tres sombreros de copa», por sus magníficas alusiones a un asunto que lleva años de moda en España. Antes de seguir adelante debo decir que estos, los asuntos, pueden ser pesados, cargantes, plomos, pelmazos, soporíferos y por ahí seguido en una extensa gama que acoge las diversas variantes del fastidio, de todo aquello que es molesto por reiterado. Pues bien, en el extremo de lo que produce empalago y lata, se halla un debate-estrella: el referido a la España plural. Nada hay más insoportable y lo malo es que muchos nos moriremos sin liberarnos de él. Mihura lo detectó precozmente y lo explicó de forma demoledora. Véase lo que dice en sus Memorias: «Lo esencial en las zarzuelas era que estuviesen bien representadas las costumbres de nuestras regiones... por ejemplo en las zarzuelas se veía que un hombre en Galicia hace lo siguiente: se levanta a las siete, se desayuna, se va al campo a trabajar, almuerza, sigue trabajando, a las siete deja de trabajar y se toma un vaso de vino del Ribeiro. Después cena y se acuesta y al final termina casándose con su novia que se llama Carmiña. En cambio, en Guipúzcoa, las costumbres de un hombre eran y siguen siendo las siguientes: se levanta a las siete, se desayuna, se va al campo a trabajar, almuerza, sigue trabajando, a las siete deja de trabajar y se toma un vaso de sidra. Después cena y se acuesta y al final termina casándose con su novia que se llama Marichu. Por el contrario, en Levante las costumbres son bien diferentes: el hombre se levanta a las siete, se desayuna, se va al campo a trabajar, almuerza, sigue trabajando, a las siete deja de trabajar y se toma una butifarra. Después cena y se acuesta y al final termina casándose con su novia que se llama Visenteta». He ahí la España plural en la visión de un hombre que tenía ojos como estiletes. Sensibilidad de perforador del alma humana, desvelador de farsas. Me recuerda aquello que sostenía sobre la libertad religiosa Fernández Flórez: en España se entiende por tal la ibertad para creer en la Virgen de los Desamparados n Valencia y en la Virgen de Begoña en Bilbao. Afirmaba Ramón Gómez de la Serna, padre espiritual del humorismo moderno español, que «el humor no es para hacer gracia ni es un juego de enredos: es para transitar entre el hambre y la desgracia». Ese humor, que es al tiempo denuncia, es el que a mí me gusta. Porque humor -lo he escrito algunas veces- se escribe con «r» como rebelde. Y con «e» de enemigo de los tipos cargantes.