Diario de León
Pedro García Trapiello

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CUANDO la muerte gratuíta siembra el horror y nos abre en el corazón un abismo de desesperanza, uno ha de refugiarse en los impulsos que siembra la vida y que, tantas veces, nos pasan desapercibidos, aún estando a nuestro lado. El otro día, por ejemplo, estuvimos con Victoriano Crémer, con Ramón Villa y con mi hermano Seve visitando el complejo ecuestre que ha desarrollado la fundación Carriegos en Villarrodrigo de las Regueras. Allí, un grupo de niños discapacitados y acampamentados disfrutaban de sus dos semanas de terapia equina. Ayudados de monitores paseaban en su montura. Después juegan en un patio de primor, se entretienen, perciben o alucinan con risas totales cuando les hacen un desfile de modelos hechos con papeles de periódico que, mira tú por donde, dan tristezas cuando uno los lee en el día, pero proporcionan alegrías y fantasías cuando el tiempo les caduca. Para un crío de estos la silla de un caballo les eleva a un universo que jamás pudieron imaginar desde la inferioridad a la que les condena su silla de ruedas, desde esa su postración que les asignó la fatalidad de un destino despiadado. Santos Llamas nos iba explicando las inéditas bondades de una terapia desconocida en León y cómo se producen en muchos de ellos cambios y mejoras insospechadas. Victoriano se sobrecogió con el retablo de sensaciones que nos transmitían aquellos críos con su mirada y, sobre todo, cuando nos pedían un beso. Eso es lo que necesitan estos niños, besos y caballos, ternura y una piernas firmes que les prestan las patas de aquellos docilísimos potros, cuya mirada también es un tranquilo guiño de solidaridad, una lección. Y nos imaginábamos entonces algunas décadas atrás cuando a estas criaturas dañadas por la mala suerte y por un dios ciego se las arrinconaba, se las enclaustraba en sanatorios de locos y descartados o se les ataba con una cadena en la cocina o el corral cuando sus padres iban a las patatas o al ganado en alguna aldea de la Galicia profunda. Iniciativas como las de esta fundación consiguen liberarles de un cautiverio cruel y se les mueve la vida bajo la silla, la sienten. Y mirando a su caballo, los ecos de la muerte reventada en Londres aquí no llegan.

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