Diario de León
Publicado por
CÉSAR GAVELA
León

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HUBO UN TIEMPO en que el Pajariel era un monte infinito. Yo eso lo descubrí a los tres años, en la primavera de 1957, cuando murió mi abuela paterna y nos fuimos a vivir a su casa: en el cuarto izquierda de ese chaflán gris entre la Avenida de España y la plaza de Fernando Miranda.+ La casa tenía muchas vistas, la mejor de todas desde la ventana de la cocina. Surgía allí un gran reino pequeño, que perdura en mí, con una pujanza que ya doy por invencible. El escenario era éste: una sierra a los pies de la casa, con sus maderas cortadas y apiladas; un patio de tierra; luego una selva. La selva era un gran solar cerrado que poblaban muchas zarzas y gatos y hoy es una plaza triangular abierta sobre la avenida del Castillo. Después de la selva estaba el prodigio de la estación del ferrocarril del Norte, con sus gigantescas locomotoras de vapor, con sus viajeros y avisos por los altavoces, con su tumulto de puerto de mar tan tierra adentro, y con toda esa danza tremenda de las despedidas volando sobre los andenes. Y por encima de ese reino, se alzaba el gran rinoceronte, allende el río invisible desde casa, intuido tras los chopos. Al otro lado, en el otro mundo, ya en el del infinito, estaba el monte Pajariel. Y me miraba, ya lo creo que me miraba. Y me daba instrucciones, que siempre cumplí. Y que cumplo. Ahora mismo, cuando escribo este artículo, estoy cumpliendo sus últimas instrucciones. Él manda, yo obedezco. Aunque también le tengo desobedecido alguna vez. El Pajariel era la vida eterna. Aquel niño así lo quiso. Yo creía que el mundo todo, los aviones y los ejércitos, los mayores y los muertos, los barcos y los rascacielos, los leones y los tigres, todo eso y muchísimo más, estaba al otro lado del monte. Allí mismo. Y que bastaría subir hasta la cima de ese precipicio para encontrarme con todo lo que tanto me gustaba y que venía en los libros ilustrados, en los cuentos que me compraban. Todas las cosas, todos los sueños. Esa cercanía que era infinita al mismo tiempo, (porque yo no podía ir allí, yo era pequeño) me resultaba excitante, mágica. Y creo que algo de esa fascinación perdura, pese a haber conocido el monte, en el otoño de 1971. Cuando estaba poblado de grandes pinos en la cumbre, cuando aquello parecía Suiza. Cuando no me atreví a mirar al otro lado, al oculto, porque sería profanar un sueño que tenía que seguir vivo. No diré cuántas cosas imaginé yo, año tras año, desde la cocina de casa, en la infancia, al otro lado de ese túmulo forestal. Sería interminable. Pero ahora recuerdo esta extrañeza: siendo yo de seis o siete años me llevaron mis padres al teatro. Al Edesa, en concreto, en la plaza de Lazúrtegui. Recuerdo que era una función modesta, de actores itinerantes, sin apenas escenografía. Creo, incluso, que la función se hacía en la corbata, con el telón detrás, acaso como entremés entre película y película. Fue mi primera función de teatro y no entendí nada. Unos hombres reñían, luego parecía que se reían, también había unas chicas por allí, ya no sé... Pero se ve que me quedé con esa deuda pendiente, y durante años imaginé que aquellos actores y su mundo de palabras y gestos novedosos y no comprendidos, representaban de continuo su función, en la cara oculta del Pajariel. Después de aquellos actores, fui acarreando a la trasera del monte a muchas otras personas, a tantos personajes, sucesos, gentes que entreví por la calle, risas, tumultos en bares, payasos del circo, futbolistas, niñas que iban al colegio, señoras viejas que despachaban en las tiendas... Todo fue a parar al gran baúl del Pajariel donde perduran tantas personas y mitos, multiplicándose ferozmente, amigos y raros, gran almacén de la memoria.

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