Diario de León

Pippi, 60 años de travesuras

La irreverente niña de las coletas pelirrojas, creada por Astrid Lindgren y convertida en el fenómeno más conocido de la literatura sueca, celebra su sexagésimo aniversario

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Kiko Novoa - león
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Cuando Pippi Calzaslargas asomó la cabeza por primera vez, en 1945, los adultos dominaban la literatura infantil. Eran ellos los que decidían qué era bueno para los niños. «Eso no lo hagas, eso no lo toques». Es cierto que la pecosa de las calzas largas no era una chica corriente. Pocas niñas alcanzan la independencia a esa edad, conservan un cofre lleno de monedas de oro en casa o logran levantar un caballo con las manos mientras proclaman su filosofía hedonista o desafían a todos esos señorones que respiran refunfuñando. Hace sesenta años, Pippi Calzaslargas montó una rebelión. Nada hay más radical que la mente de un niño. Por eso, las editoriales rechazaban el texto parido por la imaginación de la hija de Astrid Anna Emilia Ericsson, una madre soltera obligada a emigrar de un minúsculo pueblo sueco y establecerse en Estocolmo, donde logró rehacer su vida al lado de Sture Lindgren. De su amor nacería Karin, la instigadora de tamaña cruzada infantil. Ninguna empresa editora estaba dispuesta a emborronar el caro papel con proclamas subversivas y antiautoritarias de una pelirroja trenzuda que, para colmo, se dedicaba a provocar a Tommy y Anika, dos modelos de obediencia, mientras se paseaba en un caballo de lunares llamado Pequeño tío y un monito que respondía a Señor Nilson . Fue Karin (escritora en la actualidad) quien, para sobrellevar una pulmonía, le pidió a su mamá Astrid que le contase todas las noches la historia de Pippi, un personaje inventado por la pequeña. Todas sus andanzas compusieron un librito que la madre le regaló a la hija por su décimo cumpleaños. A los pocos meses, Pippi Lånstrump ganó un concurso de novela y fue publicada por la editorial organizadora. Estalló la revolución. Orgullo Desde entonces, los niños de todo el mundo no han dejado de leer a la espigada de pelo color zanahoria, ni de ver sus películas y escuchar sus cuentos. Suecia celebra con orgullo su producto literario de mayor expansión, con ejemplares traducidos a 57 idiomas, mientras Pippi es proclamada por algunos políticos como la pionera de la marcha feminista, y por otros como la causante de la desestructuración familiar (un periódico, hace no muchos años, publicó una serie de debates sobre cómo Pippi había devaluado la escuela y las relaciones personales). Al margen de discusiones un tanto paranoicas, lo cierto es que los beneficios netos que produjo la empresa Tre Lindgren, propietaria de los derechos, se acercaron a los 600.000 euros el año pasado. «Siempre seré una campesina llegada de Vimmerby», solía decir Astrid cuando quería dejar claro su servicio a la imaginación. Muchos le preguntaban si algún día apostaría por escribir «verdadera literatura» y abandonar el mundo infantil, a lo que ella respondía siempre que quería escribir para el público que hiciese milagros, «y los niños lo hacen», decía. Astrid Lindgren murió en el año 2002 en Estocolmo. Ahora son los niños y sus peligrosas mentes quienes revitalizan a Pippi cada vez que se alían a su rebeldía. Y así, nadie podrá escapar, ni siquiera esos adultos que respiran refunfuñando, al papel socrático que pintaba, que pinta, aquella desvergonzada de las tiesas coletas: ­-Sí, Pippi, así es, para eso hemos venido al mundo, para ser amables con los demás. ­-Vale, profesora? ¿Pero para qué han venido al mundo los demás?

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