El paisanaje
Dos gafes en apuros
BONO, que es ministro de Defensa a pesar del apellido, seguramente llegó al cargo desde su Mancha natal para que no siguiera haciéndole la guerra al presidente del Gobierno, señor Zapatero, después de pelear con él en las famosas primarias por la secretaría nacional del partido. Con el sillón ministerial quedó apeado de su feudo manchego, más o menos como Sancho Panza en la Insula Barataria, en una operación magistral y digna de Maquiavelo, apoyada, esta vez sí, por otro que se apellidaba Guerra, de nombre Alfonso. El Bambi era el tal Maquiavelo y no Zapatero, del cual el PP cree haber descubierto ahora que tiene más conchas que un galápago. Lo cual no es verdad y se equivocan otra vez: reptil por reptil, más bien es serpentino. El caso es que a Bono, descabalgado de sus manchegos molinos de viento -unos veinticinco años moliendo y amolando a los demás- lo han uncido al carro del Gobierno, fuera de cuyo pesebre ya no le van a dar de comer en el partido. Como su paisano Sancho pensaba también él que, por lo menos, se trataba de un ministerio inocuo, desde lo de Tejero, y que sólo tenía que presidir juras de bandera. Se dice que aceptó, a su vez, el cargo con resignación maquiavélica a la espera de tiempos mejores, reconfortándose con aquel otro pensamiento de «si no puedes vencer a tu enemigo, únete a él». Hasta aquí la teoría política. Ahora vayamos a la práctica. Zapatero saca las tropas de Irak y se le caen dos helicópteros con 17 muertos en Afganistan. Misión cumplida. Bono es ascendido por el sistema de la patada hacia arriba y se le mueren once bomberos en su Guadalajara de toda la vida, a mayores de la salmonelosis del pollo toledano, desastres ambos que es obvio que fueron incubados personalmente por él. He aquí a dos gafes en apuros, algo que no venía en El príncipe de Maquiavelo y tome nota, por si acaso, doña Leticia, aunque a estas alturas tiene por qué saberlo de memoria. Sin que sean menester comisiones de investigación parlamentarias, que ya en tiempos de Cánovas y Sagasta sólo servían para embarullar aún más las graves cuestiones de Estado -si quieres que un asunto se pudra, crea una comisión, se decía ya entonces- es obvio que ahora estamos ante dos trileros mañosos, pero gafes: empezaron bien con lo del 11-M para desgracia de incautos, pero luego se les fue la mano en el cubilete apoyando a Kerry en vez de a Bush en las elecciones americanas, luego a Chirac y Sröeder en lo del referendumn de la constitución europea, en vez de a Blair, y, por último, se han enredado ellos sólos en Afganistán con tanto giro. Es lo que pasa a menudo: viene una brisa y en vez de moverte el molino, como toda la vida, te tira del helicóptero. He aquí un lío de aspas y aspavientos. Llevamos ya semana y pico discutiendo si los nuestros cayeron en aquellos andurriales por un soplo o un morterazo. Dicen los informes militares que el aire volaba por el desierto a 20 nudos -total, no más de 35 kilómetros por hora- y que esa fue casi seguro la causa del siniestro porque los aparatos flotaban, como quien dice a ras de suelo igual que un gorrión. Sin embargo, técnicos en aerodinámica consultados por este periódico y, en concreto, mi vecino Salustiano, que es albañil, restan toda credibilidad a los informes que maneja Bono. «O los generales no han hecho la mili», remarcó ayer en la taberna, «o no ha pasado la ITV de la ley de la gravedad, porque yo, que he subido aquí en invierno a un andamio de diez pisos y sin licencia municipal, no he cogido ni un catarro, con la que sopla, ni menos se me ocurriría estrellarme yo sólo». Luego, para demostrarlo, pidió otra mistela. En todo caso da igual. La única diferencia es que si el aire o los vapores hubieran derribado al Salustiano, que siempre está a la altura de las circunstancias, el sindicato habría montado una huelga del copón. Más o menos como la cómica familia Barden cuando loa guerra de Irak, pero con caja de resistencia en vez de subvenciones oficiales. Bono ha reconocido, por fín, que los nuestros estaban en Afganistan para construír una democracia contra las inclemencias de ciertos elementos, más o menos como los pisos que hace el Salustiano en el barrio. Las accidentadas tesis de Bono no son, de todas formas, descartables, como él mismo dice del improbable misil missing desaparecido en combate contra los helicópteros. También ayer llegó al bar del pueblo otro vecino con la mano vendada, al que Salustiano, como si fuera Zaplana, interpeló cortesmente: «¿Qué, el berbiquí?». A lo que respondió el otro más tieso que un ministro: «no; la yegua, que muerde». Y es posible. Servidor también tiene un perro, pekines por más señas, que da coces.