CORNADA DE LOBO
La sangre
¿HASTA CUÁNTA sangre puede beber un pueblo sin emborracharse de delirio devastador y muerte puta? La sangre iraquí se la tragan guisada con versículos y hasta encebollada con puerros de lanzagranadas. Es sangre que se sube a la cabeza y allí, casi siempre, inyecta los ojos de reguerillos por los que fluye odio y venganza, los inunda de rojo viscoso y, entonces, ya todo el paisaje es coágulo. Pena horrible. Crujir de dientes. Y tras estas inundaciones de sangre viene después el fuego bestia porque dicen que purifica. Las casas de los iraquíes son sarcófagos con más muertos en la pared que vivos en la cocina. Entra en esa vivienda. Rezan en sunní, maldicen en chií y duermen en blanco. Hay en la pared, efectivamente, retratos de los suyos, los que ya no están, los que se llevó la coruja. Recuenta. Ese era el padre y sería hoy abuelo si hubiera conocido a sus nietos; murió cuando servía a Sadam en una escaramuza contra los kurdos. Ese otro era su hijo y también murió sin cumplir los veinte en el frente de Bassora cuando se guerreaba interminablemente contra los iraníes, aquella bronca descomunal entre hermanos de fe y enemigos de frontera. La otra foto es de su hermano menor que, cuando le tocó enganche, se dejó el pellejo abrasado en la Tormenta del Desierto kuwaití. Ese de ahí creo que era un primo de ellos y también murió en pelea contra los yankis en la operación Libertad Duradera; la diñó enterrado vivo junto a toda su compañía cuando vinieron los bulldozer confederados y les volcaron encima una duna entera, losa sin rastro ni epitafio. Esos otros dos son los más jóvenes de la saga; enfajaron la andorga con trilita y se volaron frente a una comisaría en Bagdad. El último de la familia que murió aún no tiene su retrato en la pared porque está de cuerpo caliente recién depositado en su tumba. Se le reventaron los hígados pisoteado por la turba junto a otros mil muertos de aquella procesión. Y ahora mira esa cocina. Abdulah tiene una pata de plástico porque la buena se la mordió una mina. El tío Omán cobra una pensión de mierda como mutilado; le falta un ojo y medio tarro. Shalima es la única que parece entera. Acaba de parir y da de mamar a su niño, pero la leche de ese pecho lleva vinagre y le va nutriendo el odio.