Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

EL suceso del verano

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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SE ASEGURA QUE CADA UNO VE la feria según le va en ella, lo que equivale a subrayar que todo ciudadano es libre, de acuerdo con la Constitución, de ver y entender los sucesos según su singular manera de mirar. Que, como decía Machado, «el ojo no es ojo porque tú le veas, es ojo porque te ve». De modo y manera, señor Juez, que así como para muchos, muchísimos lo más destacado del calendario estival puede ser el abandono de Gaza por los judíos o el pleito estatutario de los catalanes, para otros, quizá lo más dramático fue la aventura de ese agricultor de Roquetas de Mar que acudió a la Guardia Civil solicitando ayuda y le sacaron para el sarcófago. Para nosotros, contribuyentes humildes y errantes, el hecho más singular, más sorprendente y a la par más expresivo de la condición española, fue el de ese vecino del delicioso pueblo de Santa Pola, en la provincia de Alicante, de nombre ignorado por el momento, pero ya con sus iniciales de H.H., de treinta y dos años de edad, de estado casado con todas las de la ley tradicional, se supone, el cual entró en discusión que acabó en bronca agria, con un convecino, sobre temas probablemente de índole política. Nadie sabe qué asunto, negocio o problema científico o metafísico pudo enardecer los ánimos de los dos vecinos, que el caso fue que el H.H., que llevaba una niña, una hijita querida en sus brazos protegiéndola contra cualquier contingencia adversa, que para eso son los padres, llegó a alcanzar tales grados de exaltación retórica que, como respuesta a una interpretación que entendió ofensiva, enarboló a la tierna criatura, como si fuera un garrote y la proyectó contra su interlocutor. El parte de guerra describe el suceso con esa precisión castrense que suele caracterizar al hombre hispánico cuando se le hinchan las venas y dice el atestado de la Benemérita: «Llegó a coger -el detenido H.H.- a su hija por la cintura y golpeó con la cabecita de la pequeña el cuerpo de su contradictor y vecino». Afortunadamente la niña, sin duda de una formidable constitución, no sufrió daños, ignorándose si el anónimo vecino golpeado tuvo o no que ser asistido en la enfermería del pueblo. En cambio, la compañera y madre del bebé, que Intervino en la refriega recibió tal puñetazo que la dejó sin habla. «Cabrón , -le gritaba a su compañero, padre del objeto en cuestionamiento judicial- deja a la niña, que me la va a matar! ¡Guardias, detengan a ese salvaje!» Y naturalmente la Guardia Civil, en cumplimiento de su sagrada obligación, detuvo al padre, recogió a la niña y la entregó a su madre, verdaderamente dolorida por el puñetazo que le propinara su irascible compañero. Y uno, o séase, yo mismo, afirmo muy seriamente que pocos sucesos como el de ese padre de Santa Pola, tan expresivo del talante del romanticismo español para entender cuáles pueden ser los resortes que muevan nuestro carácter o manera de ser, que también se dice. Por otra parte ¿cómo vamos a pretender que los hijos respeten a sus padres cuando éstos pueden usarles en una disputa de taberna del puerto, como maza, garrote o arma de suprema contundencia, no solo con detrimento del sexo, sino porque l aniña no se podrá defender hasta que pasen unos años. Afortunadamente lo que pudo ser «El horroroso crimen de Santa Pola» se quedó en clara representación de la barbarie del macho ibérico, capaz de utilizar a una niña de diez meses de edad para zanjar cuestiones que a lo peor se referían a una discusión por si el Club de Fútbol de Santa Pola perdió el partido dominical contra el San Millán de la Cogollada. Humildemente solicitamos de quien corresponda que esta niña-maza sea considerada mujer maltratada a todos los efectos.

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