La lección alemana
EN ALEMANIA, el principal partido de la derecha ha ganado las elecciones y los liberales son la tercera fuerza, pero la suma de votos y diputados obtenidos por los tres partidos de izquierdas supera a los obtenidos por el centro-derecha. Conclusión: es probable que Gerard Schröder no tenga que hacer las maletas y siga viviendo en la Cancillería. A mi modo de ver, más allá de la comentada maestría mediática de Schröder y la bisoñez, incluso la torpeza, de la señora Merkel en la lid televisiva, la circunstancia que explicaría el por qué el SPD al que desahuciaban las encuestas ha conseguido remontar hasta quedarse a un solo punto de distancia de sus rivales hay que buscarla en el programa económico con el que concurrían. El de Merkel: ultraliberal. El doctor Kirchoff, un catedrático de Hacienda Tributaria de Heidelberg, era su gurú en materia económica y a él se debía la idea de un impuesto único del 25 por ciento que gravaría por igual a ricos que a pobres. Schröder se presentaba con la llamada Agenda 2010, pero que prevé amplios recortes en materia de prestaciones sociales, con privatizaciones y nuevos impuestos para quienes, como ahora, estaban exentos por realizar determinados trabajos nocturnos; pero esas reformas, que han sido muy contestadas por la izquierda del SPD, con todo, mantienen los pilares del Estado del Bienestar. Esa ha sido, sin duda, la clave del por qué Schröder ha conseguido resistir. Merkel y sus aliados democristianos de Baviera están en contra del ingreso de Turquía en la Unión Europea. Schröder apoya esa incorporación. Pese a ser del Este, los «ossies» no han votado a la señora Merkel. Tampoco los emigrantes. En Alemania hay dos millones de turcos. Cerca de la mitad ha nacido en Alemania y más de setecientos mil tienen derecho a votar. Esa podría ser otra de las claves del por qué Angela Merkel, pese a tener el viento mediático de popa, no ha conseguido rematar la maniobra. Los alemanes han dicho que sí al cambio, pero sin quebrar el Estado del Bienestar, una idea muy alemana, por cierto, puesto que fue nada menos que Bismarck, el Canciller de Hierro, quien primero comprendió que, para que los que ganan mucho puedan seguir enriqueciéndose, los menos favorecidos por la fortuna deben tener cubiertas (por el Estado) sus necesidades básicas.