LA GAVETA
La manzana de la familia
HACE CATORCE AÑOS, en un viaje al suroeste de Asturias, solar natal de mis mayores, ayuntamiento de Ibias, sucedió que mi hijo, entonces de siete años, fue autorizado por sus padres -por primera vez- a salir de noche por una aldea pacífica y pequeña, de aguas frías y helechos gigantes. Horas más tarde, cuando Alejandro volvió al hostal, nos dijo, maravillado: «en este pueblo todos son mis primos». Era el pueblo de los primos. Lo es. Unos primos borrosos, segundos y terceros la mayoría, cuartos o quintos incluso; pero familiares al fin, y mi hijo, que vive en Valencia, donde sólo un minúsculo racimo de sus más de ochocientos mil habitantes es primo suyo, quedó muy sorprendido y feliz, porque él siempre quiso tener muchos parientes, y a ser posible todos divertidos y buenos. También hubo una Ponferrada muy menor donde casi todos sus vecinos eran primos míos, y tíos, naturalmente. Una manzana en la que se juntaban tres casas donde, en un piso sí, y en el otro también, residían tantos familiares. Me refiero a la Avenida de Valdés, en su fachada entre Isaac Peral y Doctor Fleming, donde aún aguanta ese edificio que construyera mi tío Luis Rodríguez en la primera postguerra; casa del café Cohíba que, según leo, va a ser demolido, poniéndose punto final a un escenario de un tiempo feliz de uno, un tiempo seguro y lento, de pantalones cortos y nieve, de medias negras y de querer ser el portero del Barcelona, que por entonces se llamaba Ramallets. En un primer piso de la manzana de la familia vivía mi tía Tina y su marido Manolo, que habían tenido negocios por Oviedo y que recalaron en el Bierzo en los años cuarenta. La tía Tina tenía una cocina reluciente y en toda su casa había un orden sosegado, un estar en el mundo de puntillas, que rompía la llegada estrepitosa del tío Manolo, al que yo siempre recuerdo en un anochecer de invierno, con boina, bufanda y abrigo, perdiéndose en un cuarto. En otra de aquellas viviendas -no pretendo hacer el inventario, precisaría decenas de páginas- estaba la casa de mi madrina Carmina, que vive y que está muy joven. Mi tía Carmina, que también era prima hermana, líos de las familias grandes que vienen de pueblos pequeños. Mi tía Carmina, la prima, que así le decíamos en casa, -curioso ejemplo de aclaración confusa-, a la que yo visitaba el día de Reyes para que me diera el regalo, ilusionado que iba, aunque también algo avergonzado, porque mi tía tenía muchos hijos a los que mantener y regalar; pero allí recibía mi óbolo imprudente, y a veces me quedaba a comer con ellos, con mis primos que tenían jerseys de colores muy vivos; y ahora ya entiendo porque reparé antes en la tía Tina y no en otras tías innumerables y vecinas: porque ella era la madrina de mi madre y yo también iba a por el regalo suyo cuando visitaba a mi tía Carmina, la prima; todo era cargar y cargar. La madre de mi madrina se llamaba Josefa y era hermana de mi abuela materna. Su marido, Manuel, era hermano de mi padre, menudo lío, y tenía negocios de maderas, de viajes por ahí, de trenes y facturaciones de troncos. Yo lo recuerdo muy contento al coincidir con los sobrinos por la calle; con la misma sonrisa que vi dibujada en todos sus hermanos. Como un sello más de la familia inagotable. Todo ese mundo está finiquitado, o casi, pero yo ahora lo evoco, y les pido perdón por este leve exhibicionismo. Conste, en mi defensa, que lo hago por levantar una estatua de papel a un tiempo que ahora me parece perfecto, aunque obviamente no lo era. Pero para mí lo fue: decantado tiempo donde todo era amparo, generaciones mayores, afecto y sonrisas. Velado vestigio de la familia patriarcal. Y es un homenaje que cualquiera puede hacer a los suyos, basta con mirar hacia dentro de uno, donde está lo que compromete y perdura.