Diario de León

Cinco años de vida terrestre en la Estación Espacial

El 2 de noviembre del 2000 tres astronautas escribían una nueva y gran página en la conquista del espacio: eran los primeros habitantes de la mayor obra de ingeniería fuera del planeta

Publicado por
S. Garrido - redacción
León

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Un objeto luminoso -el reflejo del sol en sus paneles- orbita sus 400 toneladas a 400 kilómetros de la superficie terrestre y a 28.000 kilómetros por hora. Cada 90 minutos da una vuelta completa al planeta. Es la Estación Espacial Internacional (ISS, del acrónimo en inglés), una monumental y carísima obra de ingeniería aeronáutica que fue saludada, cuando empezó a montarse hace siete años, como uno de los mayores desafíos técnicos de la historia de la Humanidad. Heredera mejor y mayor de la MIR, la obsoleta estación rusa arrojada al Pacífico en el 2001, el tiempo ha menguado el entusiasmo inicial y no son pocos los que creen que el proyecto internacional pueda acabar de la misma manera. En agua. En la Nasa, desde luego, no lo creen, aunque deben pasarse por alto algunas de las palabras que su actual director dijo antes de serlo, poniendo en cuestión el diseño y la operatividad del proyecto, cuyo germen hay que buscar en unas palabras que ex presidente americano Ronald Reagan pronunció hace 21 años: quería una estación espacial. La agencia estadounidense se muestra optimista al valorar los cinco años de continua habitabilidad (15 americanos y cuatro rusos han pasado largos períodos en ella) desde que tres cosmonautas comenzaron a habitarla el día de Difuntos del 2000. Visto el comunicado con el que celebra el cumpleaños, es difícil no estar de acuerdo: la ISS ha permitido realizar 89 investigaciones y experimentos científi cos de alto nivel, muchos de las cuales aún se publican en revistas especializadas. El ambiente de microgravedad, que no puede ser duplicado en los laboratorios terrestres, ofrece la oportunidad de analizar cómo funciona y se comporta el cuerpo humano durante largos períodos de tiempo en el espacio, datos que serán necesarios para programar los futuros viajes a Marte, por ejemplo. En la estación se han probado nuevos tratamientos médicos y realizado diagnósticos con ultrasonidos, y ha sido un gran laboratorio de pruebas para el desarrollo espacial. Además, es ejemplo de cooperación internacional (Nasa, Rusia, ESA, Japón, Canadá) cuando la guerra fría comenzaba a ser historia. China, entonces, no despuntaba más allá de la troposfera y los ciclos políticos terrestres parecían controlados. Sí, pero... En cinco años pasan muchas cosas, y a veces no pasan. No se han cumplido los plazos de ensamblaje de los módulos, con lo que las previsiones de funcionamiento pleno son sólo un juego de números. Buena parte de culpa de ese retraso lo tiene el accidente del Columbia de hace casi tres años, en el que perdieron la vida siete tripulantes. Los vuelos quedaron suspendidos -ya están de nuevo operativos, y el Discovery sale en mayo-, con lo que se rompió el principal cordón umbilical con la Tierra. La alternativa es la Soyuz rusa, pero es pequeña. Por cada viaje, Estados Unidos paga a Rusia 65 millones de dólares, muchos menos de los 500 que cuesta la travesía del transbordador, pero también limita la gestión y operatividad. En realidad, el dinero es otro de los grandes problemas de la ISS. Los cálculos más benigno cifran el coste total del proyecto en unos 100.000 millones de dólares, cantidad que da para muchos vuelos no tripulados -por cierto: la ESA está a punto de enviar una sonda a Venus; saldrá ya con retraso-. Y, sobre todo, pone coto a las ansias expansionista hacia el planeta rojo o la Luna, ya en el punto de mira. La ISS está a muy baja altura. De hecho, con todas las partes ensambladas podría verse casi a simple vista, y su aprovechamiento es por tanto limitada para estos proyectos de largo alcance, aunque muy práctica para la vertiente moderna del espacio, los turistas espaciales. Ya van tres, que han pagado sus buenos dineros a los rusos por montar en sus cargueros y asomarse a la ventanilla. En la ISS, para redondearlo todo, ha habido problemas de acumulación de desechos, de falta de oxígeno, de carestía de alimentos -casi le amargan la cena navideña a dos cosmonautas en diciembre pasado-, de ordenadores defectuosos. Sólo ha faltado que a alguien se le olvidase cerrar la llave del gas a la salida. De momento, sus dos habitantes actuales, de la misión número doce, se muestran contentos a través de la página web. Subieron hace poco. Dos rusos, Sergei Krikalev y Yuri Gidzenko y un norteamericano, Bill Sheroerd

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