Diario de León
Publicado por
RAFAEL TORRES
León

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TRADICIONALMENTE, la derecha extrema tiende a reducir los problemas políticos y sociales a meros asuntos de orden público, pero últimamente ha dado un paso más en su delirante deriva de ahormar la realidad a sus intereses o, más bien, a los intereses a los que sirve: los problemas de orden público son, además, de terrorismo. Y no hace falta decir que de terrorismo islámico, pues lo de bombardear con fósforo las ciudades, practicar el «asesinato selectivo», secuestrar seres humanos y torturarlos en cárceles secretas, o invadir países a sangre y fuego no es terrorismo, sino lucha contra el terrorismo. Lo ocurrido en Francia, tan claro pese a los complejos y numerosos factores que han intervenido en ese virulento estallido social, se despacha, según esa doctrina ultra que ha prendido lamentablemente en amplios sectores del Partido Popular, con un diagnóstico tan irresponsable como rupestre: cosa de moros. Una especie de Intifada que el terrorismo islámico ha establecido en el corazón mismo del mundo cristiano para apedrear sus fundamentos y sus valores con vistas a la lapidación total. Esa tesis, por llamarla de algún modo, parte de la base, expresada incluso en medios públicos de comunicación, de que todo musulmán es un terrorista en potencia, esto es, alguien que nos odia con la suprema ferocidad del fanático, que cree interpretar los designios de un dios colérico, violento y, por supuesto, enemistado profundamente, compulsivamente, con su colega el dios de aquí. Semejante enormidad, que cosifica al musulmán hasta justificar cualquier horror al que se le someta, no sólo forma parte del conjunto de idioteces fundamentalistas de una política depravada, sino que alimenta precisamente aquello que se dice combatir, esto es, el odio, la incomunicación, el enrocamiento y, en definitiva, la guerra, que es el terrorismo total. Habla José María Aznar, en Estados Unidos por supuesto, de utilizar la Otan «contra el terrorismo», esto es, una cosa como lo de Irak pero más a lo bestia si cabe. Por fortuna, habla como particular que cree indispensable hacer partícipe al prójimo de sus ocurrencias, y no, gracias a la cordura del pueblo español, como quien le representa.

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