Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Debate a la catalana

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VICTORIANO CRÉMER
León

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COMO ESTABA OBLIGADO por condición y por vocación, así que se anunció que los ilustres miembros del Gobierno de Don José Luis habían de verse las caras («A cara de perro, compadre») con la santa oposición, para decidir si al fin se le concede o no se le concede el estatuto que reclama Cataluña, la bien planteada, y de cómo habían de transcurrir los diversos episodios que la aventura nacional de las autonomías con derecho a nacionalidad promueve, me vestí el traje de faena televisiva y me dispuse a seguir con ecuanimidad y sosiego los distintos recursos señalados en el programa. En realidad, a mí como a la mayor parte de los vicentes, lo que de verdad me interesaba era la defensa que del proyecto de estatuto había de ofrecer el Gobierno, para lo cual se contaba con el tenorino presidente de la coral gubernativa, y lo que se le podría ocurrir sobre la marcha al señor Rajoy, adalid de la Santa Oposición que viene a ser para los «zapateristas» como la Santa compaña de las fabulaciones galaicas. Todos los demás oradores, inscritos en el programa, no interesaban sino a los suyos: Los catalanes oradores a los catalanes, los vascos adheridos, a los de Rentería y los andaluces de la copla a los fragantes emuladores de tantísimos candidatos a todo lo que se les proponga, para ir tirando. El señor Marín, director del gran debate se atusó el bigote, miró de soslayo y dio la señal de salida. Y comenzó el partido. Como en aquellos felices momentos daba la casualidad de que el Barcelona se jugaba la piel y el páncreas contra el conjunto griego, el público peninsular se dividió en pequeñas porciones: los unos al pelotón y los otros a la palabra trascendente, de la cual, según se desprendía de la teoría de los oradores, habría de salir, límpia y digna como una señora de su casa, no tan solo el estatut catalán, sino también o sobre todo la dignidad y el futuro de la pátria. Como a mi tía la del pueblo la interesaba, no sabré nunca por qué, el partido y los griegos, nos vimos obligados a seguir ambos encuentros un poco a saltos, entrecortadamente, pasándonos de una jugada brillante de Etó, a un giro vertiginoso del discurso de Don Zapatero o de Don Rajoy. Resultado: Que en puridad no me fue posible enterarme con certeza, con seguridad, de lo que se rezaba en aquella santa novena. Y cuando al cabo de horas y horas de seguir los discursos de los unos y de las otras, porque las señoras también tenían uso de la palabra para lo que conviniera dejar dicho para el Boletín Oficial, levantamos la sesión ya hartos de palabrería sin la sustancia que yo perseguía y registrado que fuera el encuentro entre el Paratinaikos o como se tenga que escribir el nombre de los descendientes de Aspasia doblé la manta, miré también de soslayo, un poco defraudado, que todo hay que decirlo, porque esperábamos más de los unos, de los otros y de los de más allá, y corrimos a ocupar el puesto que verdaderamente teníamos allí, en la cuna, donde los sueños parecen realidades de a puño y la realidad del debate un sueño profundo para descansar. Al pasar por delante de la puerta que hacia la cuna conduce recordamos la oración: «San Marcelo y San Martino que de Cristo fuisteis pajes, cuidad de nuestros vecinos que es un pueblo de salvajes».

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