EL PULSO Y LA CRUZ
No nos salva ni carreto
Les decía en la entrega pasada que estábamos de aniversario. Estábamos y seguimos estando. Al menos, por lo que uno sepa, en León. Pasado mañana, lunes día 12, quien quiera, tendrá ocasión de acoger un testimonio de primera mano sobre la celebración, el contenido y la trascendencia del Concilio Vaticano II, clausurado hace cuarenta años. En el Salón de Actos de los PP. Capuchinos (frente al Jardín de San Francisco), a las 8 de la tarde, el Sr. Arzobispo emérito de Oviedo, D. Gabino Díaz Merchán, hablará tendida y sabiamente sobre el acontecimiento eclesial -y aun civil- más importante de las últimas centenas de años. Y no exagero. A tal acontecimiento, mejor testigo. Porque Don Gabino lo es de forma excepcional, de los pocos que nos quedan; ello adornará a su disertación de un carácter singular. Obispo de Guadix a los 39 años, nombrado en julio, recibió el Orden episcopal el día 22 de agosto de 1965 y el día 14 de septiembre ya estaba sentado en la Basílica de San Pedro del Vaticano, en las bancadas de los padres conciliares, para participar directamente en las sesiones de la cuarta y última etapa del Concilio. Imagínense lo que este hombre -un joven, diríamos con los esquemas actuales al uso- pudo sentir y recibir en aquellos momentos únicos. Pues bien, su experiencia de entonces, sedimentada por los años y avalada por un largo ejercicio pastoral como Arzobispo de Oviedo y como presidente, durante siete años, de la Conferencia Episcopal (fue elegido cuando el teniente coronel Tejero tenía secuestrados al Gobierno y a los diputados en Cortes), será un aval más que suficiente para certificar que lo que diga no lo mueve ni el Cid Campeador en sus mejores momentos. O sea, que va a misa. Y de las solemnes, con incienso y gregoriano. Si quieren de verdad enterarse de lo que fue y es aquel Concilio, tomen nota en la agenda. No se lo pierdan, aunque esté la tarde fría, que de este meteoro no nos salva, en estas tierras, ni carreto. Más. Alegrías y tristezas caminan de la mano. No puede ser menos, mientras andemos en destierro. Alegría por los convenios que en las últimas semanas se han firmado entre las diócesis y algunos instituciones civiles, públicas y semipúblicas: esas firmas son el portón iba a decir, conformémonos con la gatera abierta para acometer, ojalá de forma ya ininterrumpida, la restauración de las vidrieras de la Catedral de León, de varias decenas de templos y de un número indeterminable de bienes muebles. Y conste que la Iglesia no se llama a andanas a la hora de arrimar hombro y dineros. Por si acaso hay algún mal pensante. O quien acepte la dádiva pero con la aviesa intención de beneficiarse de ella o de utilizarla como argumento de tercer aviso, en símil taurino. La tristeza viene con los aires de la Tierra de Campos: a las monjas del Carmelo de Grajal de Campos se les hunde el convento, porque no hay quien pueda parar a las terribles termitas (xilófagos, comedores de madera, dicen los expertos). Esperemos que aparezcan por el camino las manos de algún buen samaritano que, sin dobles intenciones, facilite la solución de supervivencia. Les aseguro que la diócesis no se va a negar a poner de su parte lo que pueda. O casi. Alegría por los 25 años de existencia de la Coral Excelsior, de la capital maragata. Hoy camina por trochas aconfesionales, pero no podrá renegar de su origen: nació en la sacristía de la parroquia de Rectivía como coro parroquial, se vio acrecida con la colaboración directa de los Hermanos Holandeses (¿por qué se fueron, con la falta que nos hacían?) y mantiene en su repertorio un número importante de piezas sacras o así. Felicitaciones con CD y conciertos abundantes. Tristeza porque no parece que soplen buenos vientos del Cebreiro para el ciprés de las clarisas de la Anunciada en Villafranca. Se nos cae si no se ponen remedios urgentes y rápidos. Hagan algo por este símbolo entrañable de la vieja y noble ciudad y de la vida monástica en ella. Alegría porque, según las últimas estadísticas, ha aumentado la población de la provincia en algo más de tres mil personas, y tristeza porque se nos dice que hay 26.000 familias leonesas, que se dice bien, rozando el umbral de la pobreza, es decir, arreglándose con menos de 300 ? al mes, y 6.000 en extrema pobreza, con menos de 100 ¿ por mes. Alegría por una nueva profesa, Sor María Cristina de la Eucaristía, como clarisa, en León, y tristeza porque aún siguen sangrando Enervisa, Antibióticos, la minería, la agricultura y la ganadería. O sea, todos.