Diario de León
Publicado por
JOSÉ ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

Creado:

Actualizado:

Hace justamente un siglo se promulgó en Francia una ley que sancionaba la separación entre la Iglesia y el Estado. Con ella se culminaba el proceso que imponía el laicismo a la sociedad. Se prohibía a las instituciones religiosas toda participación en la enseñanza. Y se rompía el concordato con la Santa Sede. El Papa San Pío X contestó con una carta encíclica sobre el error de aquellas medidas. Efectivamente, unos años más tarde habrían de ser suavizadas por el gobierno francés. Pero Dios escribió derecho con líneas torcidas. Aquellas medidas tan duras ayudaron a los cristianos franceses a plantearse de una forma más radical la necesidad de estar presentes en la sociedad de su tiempo. Y lo harían muy bien a lo largo de todo un siglo. Los escritores Bernanos y Mauriac, y los filósofos Marcel y Mounier tienen un puesto en el mundo de la cultura y del pensamiento. Los políticos Schuman y Delors han luchado por la paz y diseñado los caminos de la Unión Europea. Todos trataron de ser testigos de la luz. La luz y la lámpara El evangelio de este tercer domingo de Adviento nos recuerda de nuevo a Juan el Bautista: «Venía como testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la fe. No era él la luz, sino testigo de la luz» (Jn 1,6-8). Refiriéndose a estos textos, escribe San Agustín en una de sus cartas que «un hombre tan grande debía dar testimonio de Aquel que no era sólo hombre, sino también Dios». En realidad, la grandeza del anunciante venía de Aquel al que anunciaba. Los testigos son tanto mayores cuanto más grande es Aquel del que dan testimonio. Juan brillaba en las tinieblas de su tiempo y de su pueblo, pero no era él la luz que ilumina por sí misma, la «luz verdadera» (Jn 1,9). Lo era tan sólo como lo son las lámparas que han de recibirla de otra luz anterior. Y lo era para indicar de dónde procedía la luz verdadera. Su testimonio tenía un fin bien preciso: que, entonces y ahora, todos podamos acercarnos con fe a quien puede darnos la luz para el camino, el sentido para la vida y la garantía de una salvación definitiva. Anunciar al anunciado «En medio de vosotros hay uno que no conocéis». Ese parece ser el núcleo del mensaje que repetía el Bautista. Sus llamadas a la conversión nacían precisamente de ahí. De la presencia escondida de Aquel al que él anunciaba y precedía. ¿ «En medio de vosotros hay uno que no conocéis». Aunque parezca mentira, esas palabras se dirigen en primer lugar a los que se dicen creyentes. El Señor está entre nosotros, pero no siempre lo descubrimos presente en su palabra. Y menos aún en los humildes y en los pobres con los que Él se identifica. ¿ «En medio de vosotros hay uno que no conocéis». Por otra parte, esas palabras resumen el anuncio que se espera de los creyentes. Han recibido un mensaje que han de transmitir a todo el mundo. La presencia del Señor, que anuncian con humilde osadía, es el mejor don que pueden hacer a sus vecinos. Nadie ha de temerlo. - Señor Jesús, que nos eres anunciado cada día, nosotros queremos acogerte con agradecida fe y anunciarte con generosa esperanza, como humildes testigos de tu luz. Amén.

tracking