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JUEGUETE o juego... ¿qué elegir?... ¿en Nochebuena o Reyes?, ¿muchos o pocos?, ¿uno caro o cuatro baratos?... ¿españoles o chinos? (o catalanes, dice un politiquero que no cesa de embutir boicot en cada barra)... Despejando dudas: Prefiero el juego al juguete porque se necesita a los otros para pasárselo bien y porque el juguete es individual, propiedad muy particular, alarde de dinero o rango y, en demasiados casos, capricho cretino que a los tres días aburre y se orilla. Prefieron a los Magos de Oriente y no a Sant Niklaus-Papa Noel-Santa Klaus porque este barbas blancas vestido de colorao jamás quiso pisar mi infancia ni la niñez de estas tierras en todos sus siglos y porque huele a ambientador de grandes almacenes (no vale ese argumento de los adoradores de los papanoeles extranjeros según el cual hay que dejar los juguetes en Nochebuena para que así los críos puedan disfrutarlos en sus vacaciones navideñas; craso error, temeridad suicida; si es por jugar y por juguetes, les sobran dos armarios de cachivaches, morralla y colorines, así que pueden esperar a que lleguen los Reyes con nuevos artilugios sin que se les desate un transtorno de personalidad y haya que llevarlos al psicólogo; además, qué guerra dan los condenaos en estas fechas, encerrados todo el día en casa con teles, gritos y desquiciamientos; la única forma de reducir el potreo bestia de la crianza fue siempre el clásico «tú sigue así y verás cómo los Reyes no te traen la bici»; ahora bien, tú dales la bici y la pleisteision en Nochebuena... y verás qué caso te van a hacer; allá tú). Y prefiero poco a mucho: dos o tres juegos-juguetes sobran; y de esas tontería baratejas de muñecas fantásticas o fantasías pistoleras, nada de nada. Elijo el juguete que divierta, pero que adiestre y ayude a crecer espabilando y compartiendo. Elijo un juego de los de pensar antes que una pelota; y una pelota antes que un coche a pilas. Pero hay tres regalos eternos que todo chaval debería tener al menos una vez en su vida: un ajedrez (con sus damas), una armónica y una lupa. Ya no se regalan armónicas para que el guaje ensaye melodías y disuelva en ellas sus soledades melancólicas. Ni lupas tampoco. Ahora hay microscopios con los que siempre soñé y catalejos para ver más largo que nadie... así que ya sé qué pedir a los Reyes este año.

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