Diario de León
Publicado por
LUIS ARTIGUE
León

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VASALLAJES, entregas, renuncias, trasformaciones, derrotas, reconstrucciones¿ ¿Todo lo que hay en nosotros de la Edad Media se resume en nuestra forma de amar? Así parece delicadamente sugerirlo Luisa Castro en su último libro de poemas titulado Amor Mi Señor (Editorial Tusquets): «Amor que todo lo pides/ y nada das que no sea/ a cuenta de usura, alegre/fuente que todo lo secas». Son poemas cristalinos como de trovadora ardiente que poseen un ritmo medieval tomado de la lírica galaico-portuguesa, unido a la compleja sencillez de Rosalía de Castro y a un lenguaje de ahora para conformar una obra evolutiva, casi con estructura narrativa, que posee el regusto clásico de nuestra tradición, nuestro origen y hasta nuestra esencia: «no me alcanzó el enemigo,/ no me batió el contrario,/ no me derribó el hostil,/ tus ojos me atravesaron». Uno lee estos poemas repletos de sutilezas y poder alusivo y no deja de pensar en cuánto queda aún en nuestra cultura y nuestras relaciones sentimentales del amor cortés; en si ha evolucionado en verdad el amor tanto como la forma de expresarlo -¿el amor en nuestra alma y nuestro cuerpo no sigue teniendo el mismo protocolo? Eso, protocolos, fases, tradición, camino... En este sentido Luisa Castro escribe su libro alegórico comenzando con la historia de una mujer que deserta del ejército -1ª parte-, para hablar luego del impulso que da esa deserción, -2ª parte-, diserta con lirismo cristalino posteriormente sobre el sentimiento de pérdida, -3º parte- y sobre el desamor y su duelo -4ª parte-, luego, en lo que acaso sea el momento más brillante del libro, se edifica una autoreafirmación titulada «La Fortaleza» -5ª parte- que prosigue y se intensifica después en «Tierra» -6ª parte- para acabar hondamente con esa redentora superación del duelo que regala el tiempo: «Oh,Tiempo/ amante más que ninguno/aquí me tienes para tus enseñanzas/para tus expansiones,/ para tus nudos de corbata¿». Posee este poemario una pureza que viene de siglos, una pureza vívida que nos traspasa y nutre al tiempo que nos conecta con el Medioevo sin forzadas erudiciones, sino simplemente con ese tono emocional y alusivo que sólo puede conseguir la poesía. Una pureza que todo lo mistifica. Una pureza que nos invita conciliadoramente a regresar a donde todo empieza para poder vernos con total perspectiva y así, por un momento, creer en la vida eterna. Uno termina el libro con la sensación de que todo poema de amor es también un poema sobre la identidad y sus transformaciones, pues el amor - como la guerra- puede transformarnos incluso hasta llegar a poner en jaque nuestra identidad; «sólo los que soportan su asedio/ los fuertes que no sucumben/ a ninguno de sus encantos,/ aquellos a los que amor no cambia,/ ni antes ni después,/ sólo ante ellos amor es verdadero.» Como pararse ante la belleza espiritual y mineral del pórtico de una catedral gótica, y conmoverse, y viajar en el tiempo; como entrar después para imbuirse de su silencio sagrado pensando en nuestros antepasados y entendiendo de ese modo el significado pleno de la palabra tiempo, así es leer atentamente este libro. Hay en él un compendio de cantigas posmodernas rescritas a la luz de la vela del amor, y capaces de posarnos en las manos cierta emoción antigua y renovada que el día a día nos niega con frecuencia. Sí, un poemario como con música celta de fondo que nos reafirma en la certeza de que el amor fue, es y será la energía misteriosa que nos sintoniza el cuerpo con el alma. Ahora que el invierno deja instantes para la balada de la vida en calma quiero recomendarles de todo corazón que compren y lean poesía, pues sin ella probablemente la vida seguiría existiendo, pero no sabríamos que significa. Por ejemplo acaba de publicarse este libro de poemas cancioneriles... No se lo pierdan.

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