Es arte
QUEVEDO, en la hoja última del taco de calendario, puso la sentencia final del año: «El amor es fe y no ciencia». Honda observación, vive Dios, diría Lope. El que suscribe pide venia para irse por los cerros de Úbeda o las cerras palentinas y darle gusto al místico barroco y tremendista que todo español lleva siglos alojando en sus adentros, en prácticas y memorias (y los ateos, los que más, pues suele vérseles más empeño en demostrar y predicar su no, que los que cómodamente van de sí y ni siquiera saben por qué). Así que... ¿fe o ciencia?, ¿cual es amor?... En realidad, ninguna de las dos cosas, aunque en ambas tendremos que apostar la madreña. No. El amor sólo puede serlo si es un arte, la más bella de la artes. Y se recuerda a los señores de la sala que el hombre descubrió el arte cuando vio que a un palo podría hacerle algo más que sacarle punta para destripar a un mamut o al de la tribu de al lado. Tallar la estaca o hacerle algunos dibujos no tenía ninguna razón ni objeto, era una pérdida de tiempo que no ayudaba a comer, bien al contrario. Pues, ya ves, esa pérdida de sentido o de tajada es arte, necesidad de escaparse de la realidad para poder soñar y, después, representar los sueños, con lo que el arte, visto por la prosa de la vida, es algo inútil, sin provecho material. Por eso huye de él la mayoría y sólo unos cuantos locos ensayan sus caminos. Gracias a ellos -o por su culpa- los dioses tomaron figura. Y los demonios, también. Fue entonces cuando el arte nos proporcionó cuentos y escaleras para subir o bajar a sus imperios. El amor, por ser arte, es también algo inútil, fuera del foco del interés inmediato que gobierna nuestros días; por eso ningún bicho ama. Prueba lo inútil que es la cantidad de veces que nos arrepentimos de haberlo dado para nada, lamentándolo (también es que esos amores, como nuestros garabatos, tienen poco de arte). Cuando es arte de verdad, el amor fecunda el aire que respiras. Y de entre las vagonetas de títulos que se han escrito sobre el amor y entre lo poco que ha leído este menda al respective, quien con más precisión lo dibuja sigue siendo Erich Fromm en «El arte de amar». También Ovidio lo trató en su «Ars amandi», pero con la tripa demasiado llena y preso de un «meter para sacar».