Diario de León

| Perfil | Alí Agca |

De arrogante ultra a místico vegetariano

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León

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Conserva su mirada dura, pero su rostro denota un infinito cansancio. El Ali Agca (58 años) que salió ayer de una cárcel turca en nada se parece al joven que hace 24 años atentó contra el Papa Juan Pablo II. Más reflexivo y pausado, su pose dista mucho de la imagen arrogante y pretenciosa de quien se creía predestinado a cambiar el curso de la historia. «Para un episodio extraordinario hacía falta un hombre extraordinario», confesó poco después de disparar contra el Pontífice con su pistola Browning de nueve milímetros. Agca, que nació en una cabaña sin luz ni agua de un mísero pueblo de Anatolia y que de niño malvivía recogiendo restos de carbón en las estaciones, fue fácil presa mientras estudiaba Económicas en la Universi-dad de Estambul del grupo de extrema derecha Lobos Grises, que propugna la unión de los pueblos turcómanos y que tenía conexiones con las mafias turcas y los servicios secretos. De allí pasó a integrar grupos terroristas palestinos y empezó su carrera delictiva. En 1979, con apenas 20 años y varios robos ya a sus espaldas, se convirtió en uno de los prófugos más buscados de Turquía tras asesinar al director del diario izquierdista Milliyet, Abdi Ipecki. En noviembre del mismo año fue detenido, pero mientras esperaba sentencia logró fugarse de una prisión de máxima seguridad. Reaparece en Bulgaria viviendo con todo lujo en el famoso hotel Vitosha. Luego se le vió en la República Federal Alemana, Italia, Suiza, Túnez y Palma de Mallorca. En la isla pasó dos semanas reflexionando si debía matar al Papa o suicidarse. «No, Mehmet, no debes suicidarte. Debes cometer el atentado. Si ahora te arrojas al mar, mañana encontrarán tu cadáver y, después de tres días, nadie te recordará más. Perpetrarás el atentado, entrarás en la historia», concluyó. Y eso hizo. Su historia se escribió entre barrotes: 19 años en una cárcel italiana por el magnicidio -había sido condenado a cadena perpetua pero fue indultado- y cinco en una turca, por el asesinato de Abdi Ipecki. Pero su transformación se inició poco después de disparar al Papa. Le conmovió que Juan Pablo II lo perdonara cuando estaba convaleciente en el hospital, y más aún cuando lo visitó en la cárcel. «Perdono al hermano que me ha disparado», dijo el Pontífice.

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