LITURGIA DOMINICAL
El autor y la autoridad
EN LOS CORRILLOS se critican las acciones y las opiniones de los demás. Desde sus altas tribunas, los políticos se dedican a rebatir las frases más sonoras que han pronunciado sus adversarios. En las tertulias radiofónicas, todos se quitan la palabra unos a otros. Los profesores acumulan las referencias a otros profesores. Los predicadores recuerdan a los santos y a los papas. Los periodistas salpican sus columnas con citas famosas. Y la gente de a pie repite las consignas que le pasan por la tele o por el móvil. Todo esto puede indicar que nadie se inventa de nuevo la humana sabiduría, que cuenta con siglos y milenios de rodaje. Pero puede revelar también que no son muchos los pensadores originales y convincentes. Hay pocos autores con autoridad, aunque las dos palabras deberían referirse a lo mismo: a esa sublime cualidad de quien ayuda a otros a crecer de verdad. La doctrina y el asombro En el evangelio que hoy se proclama se recuerdan los inicios de la misión pública de Jesús y la impresión que causaba en las gentes. «Cuando el sábado fue a la sinagoga a enseñar, se quedaron asombrados de su doctrina, porque no enseñaba como los escribas, sino con autoridad» (Mc 1,22). El texto añade el episodio de la curación de un hombre afectado por una enfermedad psíquica, entonces atribuida a un mal espíritu. Jesús lo libera de su mal. Sus palabras no son vacías: están acompañadas por gestos de curación y de cercanía a los que sufren. Y los presentes manifiestan de nuevo su asombro diciendo: «Este enseñar con autoridad es nuevo». Jesús ofrece lo que la antigua Ley no podía dar. Bien distinguen ellos al nuevo Maestro de los antiguos maestros. El mensaje de Jesús era nuevo entonces y sigue siendo nuevo a lo largo de los tiempos. Sobre todo, porque nace de una sabiduría eterna que se identifica con el amor mismo de Dios. Además, su palabra es eficaz y creadora. Ofrece la salvación integral a la persona y puede orientar la reconstrucción de los valores sociales. Sólo Él tiene palabras de vida. Quien le escucha encuentra la liberación y la paz. Las palabras de la fe Pero en el evangelio de hoy habla también el enfermo. No hay que olvidarlo. En sus labios se colocan tres expresiones importantes: ¿ «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno?» En realidad, esa ha de ser la pregunta de todos los que son movidos por la fe. No cree en Jesús quien llega movido sólo por la curiosidad o por razones sociales. Lo aceptan de verdad quienes se preguntan qué espera de ellos. ¿ «¿Has venido a acabar con nosotros?» Nuestra desarmonía interior es la causa y manifestación de nuestro malestar. Lo peor de nosotros mismos se niega a desaparecer. Pero nos engañamos al pensar que al aceptar a Jesús saldremos perdiendo. Ése es nuestro mal. ¿ «Sé quien eres: el santo de Dios». En el evangelio se pone en boca de los «alejados» las más altas confesiones de fe. Como ésta. Curiosamente, el «endemoniado» refleja la convicción más alta de los creyentes: Jesús participa como nadie de la santidad de Dios. - Señor Jesús, sólo tú nos hablas con autoridad y acompañas tus palabras con los gestos que nos liberan de nuestras dependencias y esclavitudes. ¡Bendito seas por siempre, Señor! Amén.