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SI LA TIERRA se sala, ¿quién la desalará?... Antes de largarse del sitio tras ganar batalla o asedio, los ejércitos triunfadores de romanos o moraimas dejaban sembrados de sal los campos de los vencidos para darles la puntilla de un hambre infinita en muchos años. Allí ya no crece ni el abrojo porque la sal mata si cae en surco; es cloruro que aniquila. Hoy, sin embargo, se siembra más sal que nunca. Todos los inviernos nos hacemos en vano la misma pregunta cada vez que vemos por estas carreteras y andurriales montañeros camionazos cargados de grancilla de sal gorda esparcida con una especie de ventilador en el culo del vehículo. Son toneladas... cientos, miles. Sobre placas de hielo y sábanas de nieve esa sal disuelve un peligro, aunque parece que engorda otro, porque ¿a dónde va a parar toda esa fabulosa cantidad de cosa sódica que muerde y mata?... Pues al río, calamidad, al agua que recoge la escorrentía y lo que lame la tierra, a esos cauces que tomamos por alcantarilla a la que todo se puede verter porque se lo lleva a donde no lo vemos. ¿Cuántas toneladas de sal se come cada invierno de estos nortes leoneses?... En el caudal fluvial acaban todas y habrá que suponer que en algo ha de afectar a la vida vegetal de ribera y a la fauna de esos lechos. ¿Puede alguien -científico o no, con título o sólo adornado de sentido común y pruebas- decirnos en qué se modifica el estado natural de las cosas con estas aportaciones gigantescas? ¿Es suficiente ese mayor caudal invernal para que disuelva o alivie su efecto nocivo?... En ocasiones, amén de sal, se lucha contra el hielo con una fórmula más expeditiva, cloruro cálcico al canto, puto cloro que deja a la microfauna marinada y dispuesta en ensalada fúnebre. También está lo que fornica esa sal los bajos, según queja muy voceada de un escocido amigo que hace todos los días el trayecto asturleonés por la autopista del Huerna. Asegura que tanto salitre en el asfalto le va royendo los faldones de su coche. Esa mierda corroe la chapa. Otro amigo intenta consolarle diciéndole que los coches de ahora ya no tienen chapa ni en los bajos porque todo es plástico; y se ríe cínicamente consolándole: más cornadas dan los baches y esos argayos que estrangulan el paso cuando Pajares se inclina al mar. Pues bien, no se consuela.

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