A LA ÚLTIMA
País de amenazas
NOS AMENAZAMOS demasiado. Tanto que casi todo se convierte en una amenaza. Se redacta un nuevo Estatuto de Cataluña (cuyo texto el presidente Zapatero «amenazó» con no pactar con Rajoy), y el PP por un lado y ERC por otro nos «amenazan» con explicarnos en qué consisten -a su juicio, claro- las graves «amenazas» que se agazapan en él, y el PP recoge firmas. Lo mismo ocurre con el terrorismo. Zapatero «amenaza» con que estamos ante «el comienzo del principio del fin de ETA», y esto lo traducen algunos (sobre todo, los populares) en la «amenaza» de que se va a pagar un precio político inaceptable, y «amenazan» con boicotear un proceso de cesiones inasumibles que podrían «amenazar» la unidad de España. Por su parte, Batasuna (por boca de Arnaldo Otegi) «amenaza» con que muy pronto se va a dinamizar el proceso de paz. En el capítulo de la reforma educativa, igual vamos. El Gobierno «amenaza» a su modo (que no está muy claro cuál es, pero que no logra el acuerdo de los demás) y la Iglesia lo hace al suyo (que sí se sabe en qué consiste: en un «aquí te espero, Gobierno pasajero»). Y las cosas siguen, hasta «amenazarnos» con romper las pocas unanimidades que hay. Véase lo del tabaco. Un país modélico demuestra atenerse a la ley, mientras sus políticos empiezan a garabatear nuevas «amenazas». Que si la ley es demasiado estricta y «amenaza» no sé qué derechos. Por marear la perdiz. Porque ¿no habíamos quedado en que el tabaquismo era la mayor arma de destrucción masiva que nos «amenazaba»? Todo esto lleva a la amarga sospecha de que a nuestros políticos les preocupan más sus intereses que los intereses de los ciudadanos, tanto cuando hablan de fumar, de educación o de la opa sobre Endesa, como cuando lo hacen del Estatuto catalán o la paz en Euskadi. En cualquier caso nos vemos «amenazados» con que antepongan lo suyo a lo nuestro, si ello les sirve para alimentar su interminable trifulca. Lo cual produce esa desafección política de la que, paradójicamente, son ellos los primeros en quejarse, «amenazándonos» con que, por este camino, la democracia empeora y se degrada. Por culpa nuestra, claro. Díganme si no es para exigirles más acuerdos y menos «amenazas».