Diario de León
Publicado por
JOSÉ ROMÁN FLECHA ANDRÉS
León

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ABRAMOS el refranero y busquemos las referencias a las novedades. Hay proverbios que ensalzan la belleza e interés por lo nuevo. «Cosa nueva, todo el mundo la aprueba». «Lo viejo enfada y lo nuevo agrada». Pero también hay otros refranes que parecen afirmar lo contrario: «Lo viejo bien se probó; lo nuevo valdrá o no». «Quien dijo novedad, dijo no verdad». Estos aforismos recogen experiencias seculares. Pero también nos reflejan a nosotros. Con lo nuevo nos ocurre a todos una cosa un tanto extraña. Es un sentimiento contradictorio. Por un lado deseamos que llegue una nueva situación. Pero, por otra parte, la tememos. Las experiencias nuevas nos ponen bastante nerviosos. Tal vez porque la rutina, que parece cansarnos y aburrirnos, en realidad resulta cómoda. «Nos hemos hecho a ella», como suele decirse. Nos encontramos a gusto en la casa que conocemos, con los zapatos que se han acomodado a nuestros pies, con los amigos que nos ofrecen demasiadas sorpresas. Pero la nueva liturgia, el colegio nuevo, el nuevo barrio y los nuevos vecinos no dejan de inquietarnos. La fiesta de bodas El evangelio de este domingo octavo del tiempo ordinario (Mc 8, 18,ss) parece jugar con esas experiencias, aunque elevándolas a un plano muy alto: el de la salvación. Para ello pone en boca de Jesús unas imágenes bien conocidas: las bodas y el ayuno, el manto y los odres. Con las dos primeras se nos dice que con Jesús ha llegado el tiempo mesiánico que los profetas comparaban con una gozosa fiesta de bodas. En la fiesta es de tontos ayunar. El evangelio viene a decir que los ayunos, en los que los fariseos ponían su propia santidad, pueden ser una excusa para no abrirse a la alegría que llega con Jesús. La comodidad de lo viejo impide regustar la novedad que llega con Él. Hay otras dos imágenes: la del manto gastado al que se pone un remiendo nuevo y la de los odres viejos que pueden estallar por la fuerza del vino nuevo. Como ha escrito Bruno Maggioni, con esas imágenes se nos dice que «cabe la posibilidad de rechazar la conversión evangélica en nombre del equilibrio y de la tradición: dos valores más que suficientes para poner en paz la conciencia». Pero el Señor nos pide abrirnos a la novedad inquietante de su vida y de su mensaje. No basta un revoque: hay que reconstruir la casa. La fe y la fiesta Sin embargo, el evangelio no sólo habla de cosas. Nos habla, sobre todo, de una persona: «No pueden ayunar los amigos del novio mientras el novio está con ellos». ¿ Jesús es el novio: es el protagonista de la fiesta de bodas que ofrece a su pueblo. Él se alegra con su comunidad como el novio se alegra con su novia, según había anunciado el libro de Isaías (Is 65,2). Escuchar su llamada y seguirle no es un motivo para la tristeza ni el desaliento. No vive la fe quien no la vive con alegría. ¿ El tema del ayuno resulta un poco difícil en nuestro tiempo, aunque nunca se ha ayunado tanto como ahora: o por necesidad o para mantener el buen tipo. El evangelio no nos prohíbe ayunar. Pero nos pide que no convirtamos «nuestras» buenas acciones en fuente de salvación. Sólo el Señor es nuestro Salvador. - Señor Jesús, nos llena de alegría saber que estás con nosotros. Queremos celebrar la novedad de tu presencia salvadora. Y vivir nuestra fe como quien participa en una fiesta, que es la tuya. Amén.

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