CRÉMER CONTRA CRÉMER
¿Vivir para comer?
ASEGURAN LOS ESPECIALISTAS en indagaciones difíciles que cada pueblo, como cada maestrillo tiene su librillo, su afán, su singular estilo, su vocación y su forma peculiar de matar pulgas. Si amo, quiero decir si elijo de entre las seducciones las que puede estar sometido el ser humano, precisamente ella y no otra, no es porque esté escrito en ningún libro del destino, sino porque la tendencia, la inclinación, la naturaleza de cada ser, como las características de cada pueblo, están determinadas por la influencia del medio. Somos lo que somos, porque la circunstancia que nos envuelve, nos fuerza a no poder ser otro del que somos. Bueno, todo esto se endereza sencillamente a descubrir entre los documentos que acreditan la condición del hombre leonés: su irrefrenable inclinación por la gastronomía. El sujeto urbano como el nacido y criado en la aldea más replegada parece como si no pensara más que en comer. Comer, comer, comer. Hasta el punto de no saber a ciencia cierta si el personal vive para comer o come para vivir. O si ni come, ni bebe, ni fuma. Extrañado un cierto profesor de Illinois de esta condición del lleonés, consiguió una beca de estudios y se vino a León, a la sombra de la Catedral y de los suculentos figones del Barrio Húmedo y se dedicó durante un año sabático al estudio de esta tendencia del leonés por la gastronomía, como signo más señalado del habitante de la capital del Viejo Reino y también de algunos poblados precisamente famosos por su entrega al provechoso ejercicio de comer. Y observó el afanado leonesista que en León, todas las fiestas, todos los acontecimiento, y hasta todas las desgracias se «celebraban» mediante el montaje de una merienda, de un almuerzo, de un desayuno, convirtiéndose el regocijo de comer en un elemento indispensable para el servicio sagrado del patrono del pueblo, o en una orgía neroniana si lo que se conmemora es un triunfo del Legión F.C., contra el Levante Deportivo. Sea boda o bautizo en León se come, y tanto da que se celebre la fiesta del milagroso parteamiento de la Virgen del Algarrobo, como que de lo que se trate sea acabar con el diablo tradicional mediante el fuego santificante. Los leoneses comemos, zampamos, como hienas hambrientas y no se concibe acto cultural sin su correspondiente banquete, ni nombramiento sin su ceremonial gastronómico. Los organismos más o menos, oficiales se gastan la hijuela para celebraciones piadosas o de simple satisfacción gástrica. Y el profesor americano que realizó el viaje de auténtico estudio llegó a la conclusión de que el leonés es un ser para la comida. Con el acento zumbón de una comparsería carnavalesca, cabría recordarla copa de Borges: «Comer es cosa corriente / comer es una costumbre que suele tener la gente». Sin embargo si dispusiéramos el dinero que solemos gastar en darle satisfacción al estómago, y lo dedicaríamos a construir viviendas económicamente accesibles para jóvenes, el cantar podría ser otro.