Cosas de aquí | Huele a pescado muerto
León queda hecho polvo
La capital y La Bañeza enterraron la sardina entre sollozos ahogados en vino, con el deseo de que en 362 días resucite el espíritu de la carne para goce de los humanos

La crítica popular invadió La Bañeza para dar cumplida honra fúnebre al cadáver de la sardina
Y quedaron las cenizas y los cenizos tuvieron boca gracias al abate que se encargó de dar el responso por los eternos 362 días de descanso de la sardina. «Por fin llegó el freno de la lujuria, el cachondeo y las libaciones desordenadas», entonó, mientras el coro de plañideras hacía más requiebros de voz que Falete y los dos corceles negros que habían guiado la urna descansaban entre el baile de los esqueletos. «Alguna enseñó la sardina, que como bien se sabe no es un pez pequeño, sino grande, es decir, pezón, y hasta los lacasitos», reconoció el rijoso clérigo, que ávido de «lubricio» adelantó que el año que viene deja «de ser obispo». Pero con 90 kilos de sardinas y 120 litros de vino, las penas fueron menos, y la capital se comió hasta las raspas, que vienen 40 días de ayunos. Crítica popular Fresca y armada con una guadaña en forma de copla llegó doña Sardina a La Bañeza. Lloros y lamentos precedían a la urna de cristal que la preserva, como todos los años, de los olores a orín y vino rancio de las noches de juerga vividas y de otros tufos que asolan la ciudad y cuyo origen no termina de dilucidarse. Doña sardina trajo a la plaza Mayor algo más que ironía: crítica despiadada, con la que sesgó cabezas de izquierda a derecha y de arriba abajo. Cabezas de concejales y de personajes públicos, incluidos periodistas. Nadie se libró de la ira popular, de esa revancha que se toma el pueblo una vez al año, por eso de que en carnaval todo vale. Ante el cadáver, la ganadora del certamen de coplas, Charo Martínez Domínguez, leyó sus versos. Y las cornetas y tambores trajeron a Doña Cuaresma.