Diario de León

CRÉMER CONTRA CRÉMER

Carnavales, guirrios y enamorados

Publicado por
VICTORIANO CRÉMER
León

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NO SE SABE si el acoplamiento de lo uno con lo otro y hasta con lo de más allá es lógico, natural y necesario, pero es fenómeno extraño que este día y en estas fechas, por muchas razones memorables y conmemorativas, se hayan fundido. Cuando andamos distribuyendo disfraces y titulaturas paródicas y los ardientes candidatos para la ocupación de estrados y escaños, pierden la piel y el páncreas por una simple mención, se anuncia los dos temas de mayor enjundia filosófica del tiempo que nos está correspondiendo vivir. Por un lado, el carnavaleo, con sus guirrios, sus desmesuras, sus eutrapelias y sus representaciones, entre guirrios y madamas. Por otro, San Valentín, el sagrado abogado de los enamorados, con letra y música de mercaderes, pues tal como se practica en la infeliz actualidad el amor, -¡oh el amor!- se está convirtiendo en una mera operación de cálculo mercantil. Las gentes ya en la edad prevista por la naturaleza buscan entre el enjambre de señales dispuestos a establecer combinaciones para toda la vida, aquella de entre las expuestas en el escaparate o a través de Internet, apta para compañera. «Compañera te doy y no esclava». Se consulta a lo sumo con algún enamorado veterano o tal vez con alguno de esos fecundos amantes que así que cumplen la función para la cual parecen haber sido construidos y enseñados, abandonar a la compañera y se busca otro arreglo. Dicen los estadistas del amor, que existen en lista de espera no menos de seis mil chicas majas y chicos de buen ver, que todavía andan a la greña y a la búsqueda por hacerse con un amor para soñar y naturalmente también para dormir. Y no dan con él. Y se desesperan y se producen los llamados actos de perversión masculina de maltrato de mujeres; que no hay nada que más directamente lleve a la desesperación que la soledad y hombre solo no está para bromas. Que ya lo dice muy claro el libro de la Santa Biblia: «Que no es bueno que el hombre esté solo». Y por lo mismo, ni que la mujer corretee por el prado como la vaca lechera. Si dedicamos nuestra capacidad analítica a suprimir lo que las conmemoraciones humanas tienen, con las consiguientes salvedades, de carnavalerías, llegaríamos a la conclusión que a medida que la vida moderna nos proporciona más espacios de libertad, más instrumentos para el acomodamiento de los cuerpos y sobre todo más justificaciones para la vulneración de todas las reglas establecidas, tendremos una sociedad menos cohesionada, por utilizar un término político que está de moda y la licencia obtenida por la facilidad de vida se convierte en un despilfarro de vida, en un carnaval. Las mascaritas no se aman ni siquiera cuando se convierten en espectáculo. Sólo se buscan, chocan entre sí, acaso se aman o por mejor decir «hacen el amor», pero acaban silenciosos, cansados y hasta escarnecidos, formando parte ¡ay! de ese inmundo episodio del entierro de la sardina, en el cual no queremos ver nuestro funeral. Naturalmente que para la juventud nunca nada es carnaval, porque nada es apariencia, nada es un juego o un vicio, pero la juventud, ya se sabe con los años, dura menos que el deseo. De ahí que aconsejemos a la juventud que aprovechen la oportunidad de disfrutar de todas sus posibilidades y no para hacer mojigangas ridículas.

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