CORNADA DE LOBO
Que se vaya
BENDITO y maldito país: siempre detrás de los curas como dice el resabio popular, aunque unas veces con velas cuando lo mandan y otras con estacas cuando toca. «Que se vaya el cura, que está dividiendo al pueblo», dice estos días parte de la vecindad de Laguna de Negrillos que disputan con el obispado leonés (y si se cuadra -que se está cuadrando- perrearán contra él en tribunales) la propiedad de una ermita del lugar conocida como del Arrabal que, según versiones y el diccionario de Madoz, perteneció de origen al común de los vecinos, lo mismo que la de san Juan Bautista de la que sale cada Corpus un san Sebastián encaretado y taconeando. La ermita es nuestra. ¡Y una oblea!, vinieron a decir los ecónomos de la diócesis. ¡Es del pueblo!, dijo un vecino ya desaforado. Y volvió a escucharse lo ya sabido: «efectivamente, es del pueblo... del pueblo de Dios». Muchas de las iglesias que ves, oh Fabio, en estos campos de tristura y pleito, fueron levantadas por el común vecinal, por los pueblos en comando o hacendera, costeadas por ellos, mantenidas y sufragadas hasta enflaquecer faltriqueras, pero no es menos cierto que la titularidad jurídica corresponde finalmente a la Iglesia, principal propietaria en España de patrimonio monumental y artístico. Su legítima condición de dueño les llegó muchas veces por uso, cesión o donación. Pero, moralmente, siguen pensando muchos que son del pueblo y, además, porque su propietario no alcanza a velar, mantener y conservar tanto patrimonio, con lo que seguirá siendo el pueblo o las arcas públicas quien costee esta privacidad que puede ser coto cerrado cada vez que al dueño le pete. Pero este no poder con el bulto o con la risa no disuade de mantener una terca propiedad. Valga este caso: Finca «La Castilleja» en Mayorga; es titularidad de la familia desde Juana la Loca; en su interior hay iglesia modesta de vieja heredad apeada ya de culto, desconsagrada; una vez al año, el obispado leonés al que perteneció ese territorio, mandaba a un propio o preste con una escoba y barría por entero el pequeño templo porque, según ley, con este gesto físico confirmaba y retenía su propiedad diocesana. Ni necesitaba esa iglesia ni su uso, pero la propiedad es la propiedad. Patrimonio es patrimonio, aunque sea del demonio.