CRÉMER CONTRA CRÉMER
Un socialista de la resistencia
NO TE MUERAS ahora», le decía así que daba con él en sus azarosos paseos, nunca sabía hacia donde. Rafael Pérez Fontano, era un peregrinante de la Justicia proletaria, título al que se había hecho acreedor desde niño, cuando apenas tenía quince años, los mejores de todas las vidas. Y nunca abandonó ni su sonrisa clara, transparente, ni su gesto de hombre fundamentalmente bueno, ni el brío de su gestuación cuando se trataba de defender «la idea» que para él precisamente era aquella que todavía a sus años le tenía agarrado por el corazón el Abuelo Pablo Iglesias, punto de partida y de fidelidad del socialismo obrerista Español. Nos deteníamos sobre la marcha de nuestros trabajos y de nuestros sueños y nos repetíamos los viejos esquemas de nuestras respectivas fabulaciones. Andaba yo por los veinte años bien sufridos cuando di con Rafael para después, ya los dos en la cima de la edad y de las experiencias éramos hombres, demasiado hombres para liberarnos de los gañafonazos que la vida propina a quien anda sin escudo protector. La fidelidad de Rafael a sus principios le hicieron referencia inevitable cuando en aquellos tormentosos tiempos del treinta y seis, nos buscábamos los unos a los otros con la mirada para no morir solos. Rafael rodó por tierras de España en guerra hasta quedarse en León, su tierra madre. Y aquí zanjó su cuestión personal hasta ahora, hasta este día clavado en nieve, en que se le acabaron las fuerzas, que no la voluntad, y se dejó morir. Tenía ochenta y seis años y se había convertido en un raro y preciado ejemplar humano, generoso, activo, consecuente y solidario. Se le podía encontrar entre los viejos de la tribu, practicando afectos y en las conferencias o reuniones en las que se practicara el encuentro entre seres emblemáticos. Cuando le entraba el torzón de la sangre, hacía versos, una forma de poesía romántica y comprometida, que solía encontrar la ayuda del editor y que distribuía, ya en libro, por los centros de trabajo, por las Asociaciones de jubilados, y entre los que como él andábamos más o menos transportando la misma carga cultural y humana. Le recuerdo, cuando incluso las gentes de nuestro signo pasaban indiferentes ante alguna de nuestras actuaciones: Rafael Pérez Fontano, siempre en el lugar más retirado de la sala, escrutando gestos y palabras, para acercarse al final, cuando la asamblea se dispersaba para expresar su emoción y su afecto. Como era costumbre, en aquel tiempo de silencios cómplices, nos repetíamos frases consabidas: «Somos de la resistencia, amigo». Y resistíamos. El hombre, aunque parezca mentira es el animal de más resistencia de la creación. Rafael había sido todo lo que le es permitido al ser humano ser, sin morir en la demanda y había sufrido persecución, cárcel y acosos. Había construido una familia, había escrito un libro y había engendrado hijos. No parecía restar más a su biografía de hombre de la resistencia que morir. Y cedió sus armas sobre la nieve. ¡Era como el último mohicano!