Publicado por
Antonio Núñez
León

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LA POLÍTICA de inmigración del ministro de Trabajo, señor Caldera, sólo es comparable a la de Alfredo Landa en «Vente a Alemania, Pepe», pero sin ninguna gracia. Se ha sabido estos días que 3.567 subsaharianos han arribado a Canarias durante el primer trimestre del año en chalupas negreras -cayucos, les dicen allí- huyendo del hambre, que no es vida. Y empieza a saberse también que un tercio de ellos, entre 1.200 y 1.600, según las autoridades mauritanas, han perecido ahogados por el camino en travesías de 600 kilómetros o más, que viene a ser como el doble de León a Madrid. Es muy amargo decir que pasaron a mejor vida como quien va al entierro de un amigo en Puente Castro. Descansen, por fin, en paz al desembarcar en las costas del fin del mundo, donde es fama que San Pedro, igual que Caldera, no le niega a nadie los papeles. La peripecia vital de toda la negritud -del griego «peripatético» o «el que pasea»- ha sido trágica de muchos siglos. Hasta finales del XIX los llevaban en barcos siniestros a América, donde les sobraba el trabajo a cambio de cama y comida. En los nuevos tiempos de la esclavitud encima tienen que ahorrar para pagarle el pasaje al negrero, el cual se forra y flota. Es obvio que la cultura occidental no le sienta bien a África, lo mismo que los vestidos mozambiqueños a la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega y a la paisana Leire Pajín: tampoco hay color. Y, cuando occidente intenta remediar el asunto devolviendo libres los antiguos esclavos a casa, no tiene remedio. Le pasó el presidente americano Monroe, que les compró dólar sobre dólar media costa de Guinea, y la prueba está en Liberia, capital Monrovia, donde los retornados demostraron haber aprendido aplicadamente sólo las peores mañas de los blancos y ahora andan a palos entre los tataranietos del Tío Tom: unos para quedarse con toda la cabaña y otros por escapar de ella a ninguna parte. El hambre es mala consejera, pero peor aún la demagogia para hacer babear a los hambrientos, como la del ministro Caldera cuando promete en España papeles para todos y la televisión pinta a la UE del color de un continente donde atan los perros con longanizas, mientras que en África la gente, si quiere comer, tiene que masticar a los perros. O a las hienas. El dicho de Hobbes de que «el hombre es un lobo para el hombre» huele a filofosía pura cuando no hay nada que comer. Cuentan también los periódicos que en el cementerio «Madrid» de Nuadibú (Mauritania) los inmigrantes que se agolpan para embarcar entierran en lápidas sin nombre los cadáveres de los sin papeles que devuelve el mar a la playa en cortos viajes de ida y vuelta. Y por las fotos se ve que, efectivamente, son tumbas anónimas, pero no tanto como la del «soldado desconocido» de París, que murió en circustancias igual de trágicas, pero mejor alimentado. Todavía hay clases, bwana . Volviendo a Alfredo Landa, si lo de «Vente a Alemania, Pepe» no es lo mismo que «Como en España ni hablar» de Caldera, que venga Dios y lo vea. Todo es un espejismo, como cuando los españoles también emigraban, sólo que la imagen está invertida en el espejo. ¿Efecto llamada? El tal Landa escribía una carta a su cuñado y éste, de dos patadas, se presentaba de pinche en la Citröen, previo paso por la vendimia francesa. Hoy basta con una parabólica en cualquier choza nigeriana o un teléfono móvil prehistórico y tienes a toda la tribu en nada de tiempo. A eso le llama Caldera «reagrupación familiar». En el mauritano cementerio llamado «Madrid» acaba la tercera parte de los que querían llegar a la Gran Vía para envolverse en el top-manta. Y en determinados barrios, como Lavapiés -un nombre premonitorio- son ya mayoría. Algunos síntomas de xenofobia apuntan también ya por León y el pasado fin de semana los vecinos de La Lastra protestaron contra el Obispado y el Ayuntamiento por la cesión de una capilla a un cura católico rumano para celebrar misa dominical con los suyos. «No somos racistas, pero tampoco queremos forasteros en el barrio», dijo el que parecía tener más facilidad de palabra. «Felicidades, macho, porque menos mal que estos no son morenos ni moros, sino rubios, católicos y, encima, de misa diaria», le hubiera dicho yo a Caldera, «porque íbamos a andar a hostias el domingo». Mi calle es un mapa mundi de alianza de civilizaciones: la misa la dice un misionero en paro, el vermú lo tomamos en un bar colombiano, donde un moro vende relojes y, camino de la paella de casa, nos paramos frente al escaparate de un chino, que también abre los domingos, por si hay alguna ganga. Eso sí, el gas natural de la calefacción es cien por cien catalán.

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